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domingo, 13 de septiembre de 2015

[Testimonios] Venezolanos en el exterior - Maheka Carella

En esta oportunidad, damos la bienvenida a Maheka Carella, venezolana radicada en Galicia, España, quien nos narra su emotiva experiencia como emigrante. 



«Hay quien cree que quienes nos fuimos pasamos página y por eso nos duelen menos determinadas realidades pero se equivoca. Generamos un doble sentimiento que es, además, tremendo. Sufres por quienes quieres y están allí pasándolo mal por la incapacidad de cuatro avaros y de paso generas una especie de culpabilidad (absurda) porque tu vida es diferente».

Imagen de Betanzos


Nombre:  Maheka Carella (¡Mahe para los amigos!).
Edad: 39 años.
Profesión: Relacionista Industrial.
Nivel de estudios: Universitario.
Lugar de nacimiento: Caracas – Distrito Capital (pero viví la mitad de mi vida en Puerto La Cruz).
País de residencia: España.

¿Cómo nace la idea de emigrar? 
Nace como una necesidad de acabar con la inconformidad que me producía un entorno cada vez más irracional. Nace en el mismo momento en el que razonas que la vida, allí (en Venezuela), puede valer muy poco. Tan poco como unos lentes de sol. Como se lo plantea cualquier otro matrimonio joven, nace de una perspectiva de futuro, de familia y de bienestar que consideras merecida y sin embargo ves negada.

¿Trabajabas en el momento de tomar la decisión de marcharte?
Sí, y trabajé hasta poco antes de mi viaje a España. Muchos me dijeron que me arrepentiría pero no me costó demasiado dejarlo. Trabajar para la industria petrolera, vivir la convulsión que supuso el paro petrolero y ver posteriormente la "Nacionalización" de la industria me demostró que yo no encajaría en esa "nueva" estructura. 

¿Te costaba encontrar trabajo en tu área? ¿Eran buenas las condiciones económicas?
Nunca tuve problemas para emplearme. Todo lo contrario, tuve la oportunidad, como tantos otros paisanos, de compaginar estudios y trabajo lo que me permitió entrar al mercado laboral bastante pronto y hacer carrera dentro de mi área. Las condiciones económicas, en mi caso, siempre fueron las ideales. 

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir y trabajar fuera de Venezuela?
Es un cambio de paradigmas pero sin dudar, ocho años después, valoro la experiencia como altamente positiva y respeto muchísimo las razones que exponen tanto quienes se quedan, como quienes marchamos. 
Para mí todas son válidas. Hay quien emigra por mejores oportunidades laborales, hay quien lo hace por dinero, otros simplemente por explorar otros territorios sin mayor pretensión. Hay quien emigra buscando tranquilidad, buscando calidad de vida, bienestar. Hay quien se ha regresado con el mal sabor del fracaso. Otros seguimos insistiendo confiados en que, cualesquiera sean las circunstancias, estamos donde y como queremos estar.

¿Consideras que las condiciones, tanto laborales como sociales,  son mejores en tu actual lugar de residencia?
Siempre se puede mejorar. En Galicia hay una frase muy recurrida que define muy bien ese carácter local: "No todo cabe en un saco". 
El entorno ideal, con las condiciones ideales, considero que es una utopía. Siempre que vivamos en sociedad y hagamos vida con miles y miles de semejantes está claro que no se podrá complacer a todo el mundo, todo el tiempo. Ese carácter ideal debemos gestionarlo nosotros mismos cada día con pequeños gestos aunque estamos de acuerdo con que el entorno debe auspiciarlo. España es, socialmente hablando, mucho más equilibrada y honesta.
Las condiciones laborales en España sufren, como en tantos otros países, una serie de trastornos que esperamos transitorios sin embargo es grato acabar con ciertos mitos que traemos aprendidos. Destacaría que todo trabajo es digno y justamente remunerado. También hay una constante promoción de los oficios que, además, forman una parte muy importante de la cadena productiva. 

¿Echas de menos Venezuela? Si es así, ¿qué es lo que más añoras? 
¿Con total honestidad? Echo de menos la temperatura del mar y determinados sabores. ¿Cuáles? Un coco bien frío, un jugo (zumo) enorme de parchita de esos mal colados con mucho hielo, una morcilla de Carúpano... La modernidad ha hecho que tengamos hallacas, arepas, ají dulce, cachapas (platos típicos venezolanos) y muchas otras delicias en nuestras mesas pero, como escribe Banana Yoshimoto en su libro "Un viaje llamado vida" (¡que recomiendo a ojos cerrados!): "Es lógico que un producto sepa mejor en el lugar de origen, pero me parece curioso el hecho de que ese sabor se arraigue en el cuerpo a modo de memoria".
A mis amigos de siempre, a mis colegas, a mi familia más cercana no los echo de menos. Muchos se han marchado también y a ellos y a los que aún viven allí, los tengo a un clic de distancia y eso me complace lo suficiente. 

¿Qué es lo que más te gusta de tu actual lugar de residencia?
Vivo en Betanzos, una ciudad pequeña del noroeste gallego de más de 800 años de fundada. Todo es interesante, todo tiene una historia, suceden cosas maravillosas, es bohemia, pintoresca y preciosa. La encuentro apacible, amable y absolutamente familiar. El tráfico no existe, se puede hacer todo caminando y con total seguridad. Lo primero que me llamó la atención cuando llegué, más allá de su arquitectura, es que en las puertas de las casas quedaba colgada la bolsa de pan que dejaba el panadero apenas al amanecer. Una rareza para quienes venimos de una vorágine como la venezolana. Una sorpresa para quienes no entendían que yo pudiese fotografiar algo tan cotidiano para ellos.

¿Y lo que menos te gusta?
Tiene las limitaciones de las ciudades pequeñas en cuanto a ofertas comerciales y oportunidades laborales, sin embargo está muy bien conectada con ciudades principales y sólo hace falta desplazarse apenas pocos kilómetros en cualquier caso.

Si las cosas estuvieran mejor, ¿te plantearías volver a Venezuela?
Por aquello de "nunca digas nunca" podría planteármelo pero no se vislumbra en los planes. 

¿Consideras positiva tu experiencia actual?
¡Sin lugar a dudas! Aquí llegamos mi esposo y yo con la vida en 6 maletas y la cabeza llena de ideas y dudas a partes iguales. Hoy tenemos dos hijos y un camino andado. Miro hacia atrás y repetiría cada paso, incluso cada tropiezo, por llegar hasta aquí. 

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por Venezuela desde tu actual residencia?
Hay quien cree que quienes nos fuimos pasamos página y por eso nos duelen menos determinadas realidades pero se equivoca. Generamos un doble sentimiento que es, además, tremendo. Sufres por quienes quieres y están allí pasándolo mal por la incapacidad de cuatro avaros y de paso generas una especie de culpabilidad (absurda) porque tu vida es diferente. Entras a un supermercado, a un hospital, a una farmacia, a un colegio público, a una gasolinera, entras a un baño público, subes a un autobús, las bolsas de pan colgadas en las puertas… y las comparaciones te persiguen. Da igual los años que pasen, no dejas de cuestionarte "¿porqué aquí si y allá no?". Entonces te das cuenta de que tu vida transcurre entre dos aguas, haciéndote preguntas incómodas y que tú sabes las respuestas pero, quieres creer que son otras. 

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años? 
Es duro despertar un día sintiendo que no perteneces al lugar donde has crecido y que hiciste siempre tuyo, que no reconoces nada de lo que te rodea y que la idiosincrasia es una palabra larga pero rara porque ya desconoces su significado. Pues no, no lo habría pensado. Pasó así, como te lo cuento. 

Por último, un mensaje dirigido a quienes están pensando en la posibilidad de emigrar:
Para mí el hecho de emigrar no asegura el éxito, pero estoy convencida de que la clave está en saber lo que sales a buscar en tu nuevo destino. Si lo tienes claro ya puedes lidiar con climas extremos, con otros idiomas, con nuevos hábitos… que llevas ventaja en el camino. 
Yo hice una lista: "Lo que llevo/Lo que dejo", me sorprendieron los resultados. Una mitad eran paisajes, la otra mitad eran afectos… todo cabía en mi cabeza y en mi corazón el día del viaje; y hoy, tantos años después todo sigue intacto. Trabajemos en esa meta, preparémonos para ser los mejores embajadores que Venezuela haya podido tener, marquemos la diferencia, rescatemos el respeto que perdimos, tengámoslo con quienes nos reciben, y que cuando nos toque volver sea para retomar todo el sentimiento nacional que se perdió en el camino. ¡Ánimo Amador!

domingo, 30 de agosto de 2015

[Testimonios] Venezolanos en el exterior - Carolina

A Carolina la conocemos por sus valiosas reflexiones acerca del exilio venezolano, que ya han formado parte de este blog y que, seguramente, le han dado aliento a muchos para tomar la decisión de emigrar. En esta ocasión, el rol de Carolina es diferente. Ahora comparte con nosotros su punto de vista como emigrante, así como también nos brinda algunos consejos para poder sobrellevar el exilio con paciencia y determinación.  


«Mi vocación es educar y entre los proyectos que tengo aquí en España se destaca el de seguir educando así sea en la distancia; si eso contribuye a un mejor futuro para mi país (Venezuela), creo que será el mejor granito de arena que pueda aportar para un cambio sostenible en el tiempo».


Nombre:  Carolina. 
Edad: 36.
Profesión: Contable. 
Nivel de estudios: Universitario.
Lugar de nacimiento: Coruña - España.
País de residencia: España.

¿Cómo nace la idea de emigrar? 
Ante la situación que se vivía en Venezuela y a pesar de tener una situación laboral estable como profesora universitaria, mi esposo y yo decidimos marcharnos en procura de un mejor futuro para nuestra hija.

¿Trabajabas en el momento de tomar la decisión de marcharte?
Si, llevaba catorce años ejerciendo mi carrera como contador público y nueve años como profesora universitaria.

¿Te costaba encontrar trabajo en tu área? ¿Eran buenas las condiciones económicas?
No, el campo laboral de mi carrera era bastante bueno. Sin embargo y, debido a la inflación, las condiciones económicas eran pésimas; puedo incluso contar a modo de anécdota que tras nueve años trabajando como profesora asistente en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), mi fondo de jubilación hasta marzo del año 2014, hoy en día (agosto 2015), alcanzaría solamente para comprar una licuadora.

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir y trabajar fuera de Venezuela?
De vivir, buena. Soy emigrante retornada española, ya que nací en España y retorné al país que me vio nacer. Sin embargo, la adaptación quizás ha sido un poco lenta, no es la misma cultura que me inculcaron mis padres y abuelos.
En cuanto a trabajo, puedo afirmar que en España las condiciones laborales son muy distintas a las que se encuentran en Venezuela, aunque, al menos en Galicia, ganando poco dinero se vive bastante bien en comparación con grandes ciudades como Barcelona o Madrid.

¿Consideras que las condiciones, tanto laborales como sociales,  son mejores en tu actual lugar de residencia?
Sociales, definitivamente sí, cualquier país occidental hoy en día, –lamentablemente para Venezuela-, goza de mejores condiciones en términos de abastecimiento, salud, educación y sobre todo seguridad.
En términos laborales, España no goza actualmente de las mejores cifras o condiciones; quien piense que vendrá aquí con la misma comodidad laboral que se vivía en Venezuela se llevará quizás una desilusión, pero vale la pena, la experiencia incluso hace que uno se redefina como profesional, se experimenten nuevos talentos. Ante la experiencia migratoria uno se reinventa como ser humano.

¿Echas de menos Venezuela? Si es así, ¿qué es lo que más añoras? 
Sí, hay meses mejores, otros peores; también es cuestión de actitud: añoro a mi familia, los sabores, la gente. Me fui pensando en jamás regresar y a veces incluso siento que lloro a una Venezuela que no existe, como en los duelos, a veces me encuentro derramando lágrimas por un muerto.

¿Qué es lo que más te gusta de tu actual lugar de residencia?
La seguridad, el sistema de educación y la salud pública.

¿Y lo que menos te gusta?
Las diferencias culturales me han afectado más de lo que habría imaginado.

Si las cosas estuvieran mejor, ¿te plantearías volver a Venezuela?
Creo que esa pregunta resuena en todos los que hemos salido del país, sin embargo, racionalmente hablando, por ahora no me planteo regresar, pero no lo descarto. Como el refrán que dice “nunca digas nunca”.

¿Consideras positiva tu experiencia actual?
Toda experiencia deja un aprendizaje, así que sí, la mayoría del tiempo emigrar lo veo como una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por Venezuela desde tu actual residencia?
Sí, confieso que a veces el hecho de abrir mi nevera y ver comida me da remordimiento o simplemente salir a caminar por la noche tranquila me hace preguntarme en qué hemos fallado, sería irresponsable dejar toda la culpa en manos del gobierno. Venezuela, socialmente hablando, adolece de problemas que ha cosechado desde hace muchos años. Tal como decía Arturo Uslar Pietri, sembrar el petróleo: es una frase, desafortunadamente, sustantiva; el día que se haga verbo, el futuro venezolano probablemente sea otro.
Mi vocación es educar y entre los proyectos que tengo aquí en España se destaca el de seguir educando así sea en la distancia; si eso contribuye a un mejor futuro para mi país (Venezuela), creo que será el mejor granito de arena que pueda aportar para un cambio sostenible en el tiempo.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años? 
No, hace diez años ni se me habría pasado por la cabeza que hoy estaría viviendo en España.

Por último, un mensaje dirigido a quienes están pensando en la posibilidad de emigrar:
Que asuman el reto, no van a perder nada; por el contrario, ganarán en vivencias y aprendizajes. Por otro lado, probablemente puedan ayudar más al país desde lejos.-

domingo, 8 de marzo de 2015

Goodbye Caracas - Manuela Zarate

En estos momentos alguno de ustedes está haciendo un inventario mental de sus posesiones, talentos y posibilidades. Alguno está llamando a una embajada, un primo o un conocido que tiene varios años con una arepera, un restaurante, una bomba de gasolina, una distribuidora o algo que se le parezca. Alguno está en plena entrevista, en plena negociación, en plena búsqueda. Alguno está con trámites, documentos. Alguno organiza una venta, busca a un señor que vende carros y habla con un corredor inmobiliario. Alguno se sienta y vuelve a revisar la tabla de Excel y saca cuentas, tantos meses, tantos gastos, lujos menos, tantas limitaciones, otras libertades. Alguno saca también la cuenta emocional, pero esa pesa menos frente a lo que vivimos. O tal vez eso se dice, para no sufrir tanto. Alguno escucha una historia, o vive algo, mira una cara, siente una explosión de adrenalina, y se convence, si es que ya no lo estaba.
 
En este momento alguno de ustedes planea o ejecuta la emigración.
 
En estos momentos alguien los escucha o los lee. Cuelga el teléfono o apaga una pantalla. Mira su cuarto, su oficina, ¿qué harías con esos arbolitos de madera? No te cabría todo en las cajas. Recibe una llamada de su mamá y piensa, menos mal que mis viejos no se han ido. Igual uno se siente solo. Porque del colegio sólo quedan dos, de la universidad no queda ninguno, al menos no de los más cercanos, porque el vigilante del edificio sacó a su familia a Colombia, porque alguien en el trabajo renunció, porque en salón de los niños este año no regresan todos, porque aquella maestra que soñábamos con que le diera clases a nuestros hijos también ahora escribe desde Canadá.
 
En estos momentos alguien recuerda que olvidó el cumpleaños de un ser querido que está lejos. En estos momentos alguien recuerda que no ha llamado a fulano que está a siete mil kilómetros, quedamos en hablar por Skype, pero cuando yo puedo él no está, cuando él puede yo estoy con todo ardiendo. Lo que me pasa no lo puedo contar por Whats App. Y siento la distancia. Me muerde. Me pesa. Y no quiero hablar. ¿Para qué? Es demasiado vasto lo que la voz tiene que recorrer. Es mentira que se siente como si estuvieras aquí mismo. Es mentira. Ahora al menos, no. Ahora lo quiero todo. La presencia y el contacto y mira que yo no soy de estarme pegando a la gente que quiero.
 
No hay cómo describirlo. Uno siente que perdió una parte de sí mismo. La vida que se queda atorada en algún momento, como esa vez que te apareciste en el velorio del papá de ese amigo con quien no hablabas tanto, pero visto el obituario y en nombre de eso que fuiste te  presentaste, y no sabes qué te pasó, ni que habrán pensado los tíos lejanos que te creías, pero se te aguaron los ojos y tuvieste que enjuagártelos cuando lo abrazaste. Porque nos ponemos viejos, y te diste cuenta de que los más cercanos estaban en Panamá, o en República Dominicana y él te contó lo surreal de un grupo que se llama Papá de X, sabes para saber cómo estoy, acompañarme, es raro, pero es una forma.
 
¿Y qué pasa con lo demás? Las partidas de poker. Los almuerzos de los viernes, ese que llaman el almuerzo adeco porque dura horas e incluye alcohol.  Esa primera comunión a la que fuiste a cumplir, pero donde al menos sabías que habría una cara conocida. Alguien a quien decirle, yo no conozco a nadie aquí. Las tardes en casa de esa amiga. Los niños jugando, aquel chiste. Por enésima vez el mismo chiste. Una risa fácil, sin importancia, una duda sobre la vida, sobre la maternidad, sobre la pareja, sobre uno mismo. Un empuje a hacer dieta o esa amiga que siempre trae una tentación para hacernos engordar. Los clubes de lectura, las recetas improvisadas, los datos sobre dónde comprar ese quesito, las molestias ocasionales, los desencuentros temporales, las torcidas de ojo, las reuniones improvisadas, las borracheras, lo bailado, lo reído, la forma tan fácil como los amigos se ríen de nosotros y nos invitan a reírnos de nosotros mismos. Esa caricatura que hacen de uno, que te sirve como espejo para no tomarte tan en serio.
 
Ese saber que  no estás sólo. 

De pronto eso ya no está. Ha cambiado y ha mutado. Porque quienes le daban vida se han ido. El teléfono no suena para lo mismo. La agenda está como la calle, vacía a partir de cierta hora.   Ves el directorio de teléfono sin saber  qué nombre apoyar, ni qué decir. ¿Es que fulano sabrá que si yo no llamo no es que no lo quiero, es que yo soy así? Porque sabes que varias fronteras más allá hay alguien que entiende perfecto que tu distancia no es tu desdén.
Lo que más me duele es sentirme en este lugar cada vez más desierto.

Así que les pido, a todos ustedes, a mis amigos, a mi familia, si se van, vamos a jugar a GoodBye Lenin: Goodbye Caracas. Me van a decir que lo están pensando pero que no se han decidido. Me van a decir que celebre mi cumpleaños, cuando llegue me dirán que no fueron porque les dio dolor de barriga. Me escribirán para decirme que en tal mercado hay leche, no importa, cuando yo llegué tal vez no haya, pero le echaremos la culpa al gobierno. Me dirán que hace calor o que qué bello el Ávila hoy, porque en Caracas todo eso es verdad en algún momento del día.
 
Me dirán que el periódico no dice nada. Que no pudieron irme a visitar por el tráfico. Que almorzamos la semana que viene. Que en estos días salimos a cenar. Me dirán que están viendo a dónde se van de vacaciones, pero que está duro conseguir pasajes. Me dirán que les encantaría estar en mi club de lecturas, pero que les queda lejos, igual me contarán del libro. Hablaremos vía Twitter, vía Facebook, vía Instagram como si estuviéramos aquí. Yo les pido monten toda la parafernalia de que no se han ido. Pídanle a alguien que prenda las luces de su casa, al menos de vez en cuando, y si yo paso por ahí les voy a escribir. Aquí estoy, no subas tengo un gripón. Con eso yo me alejo. Cuéntenme un chisme, como si estuvieran aquí, y díganme sí, que lo vieron con sus propios ojos. La gente dice mentiras todos los días, esas no salen tan caras. En serio que no. Díganme que planean una fiesta, que luego se cayó por cualquier cosa y de nuevo le echaremos la culpa al gobierno.

Vamos a jugar a Goodbye Caracas. Tarde o temprano tocará ver la estatua del pasado caído volando por la ventana. Pero por ahora necesito que sea más tarde, este tsunami de adioses me está ahogando.
 

lunes, 23 de febrero de 2015

Paquetes

Todavía los aviones atraviesan el océano.

Todavía
los chocolates
las medicinas
los libros
las notas manuscritas
perfumadas
en sobres rosados
intentan transportar
corazones y afectos.


Todavía hay manos febriles aquí
haciendo origamis
y manos emocionadas allá
deshaciendo origamis.

Las manos se acarician en los llantos
empaquetados y desempaquetados.


No cabemos en las maletas.

No hay espacio en la tierra robada.

(Hablé de desmembramiento en otro poema,
esa sensación).


No hay remedio para esta orfandad de dos orillas,
salvo el amor.


Cinzia Ricciuti

miércoles, 3 de octubre de 2012

Duelo migratorio: el Síndrome de Ulises

"...y Ulises pasábase los días sentado en las rocas, a la orilla del mar, consumiéndose a fuerza de llanto, suspiros y penas, fijando sus ojos en el mar estéril, llorando, incansablemente..." Homero (Odisea, Canto V)

Así da comienzo el licenciado en Ciencias Políticas y sociólogo Ángel Castro Vázquez a su extraordinario libro "SOS... Soy inmigrante. El síndrome de Ulises" en donde no solo se recogen testimonios de dos inmigrantes de Camerún y Ucrania respectivamente que padecen esta dolencia, sino que además se dan a conocer los síntomas, los agentes estresores que desencadenan el síndrome, el hallazgo y la trayectoria a favor de la salud mental de los inmigrantes por parte de su descubridor, el Dr. Joseba Achotegui quien dio a conocer esta enfermedad; a su vez, una breve introducción a la inmigración en España, las diversas manifestaciones en el mundo del cine y la literatura que reflejan las características del síndrome, así como diversas asociaciones y ONG's dedicadas a su tratamiento y prevención.

El autor define esta enfermedad como "un cuadro extremo de estrés que provoca un duelo imposible de elaborar por los inmigrantes, que suele ocurrir durante los primeros años de estancia en el país de destino y puede desembocar en depresiones y pérdida de salud", es decir, se trata de una especie de "duelo migratorio constante". Aclara Castro que no estamos en presencia de una enfermedad mental sino de un cuadro reactivo de estrés. Se le da el nombre de "Síndrome de Ulises" refiriéndose al héroe griego de "Odisea" quien, lejos de sus seres queridos y de su tierra padeció incontables adversidades.

Por su parte, Castro hace énfasis en los elementos básicos de este "duelo migratorio": el tiempo (período en que la persona está fuera de su país de origen y en el que se producen cambios en el propio inmigrante como en el propio país que pueden ocasionar consecuencias negativas); y el espacio (la distancia tanto física como emocional de la familia, el paisaje o el clima). Asimismo, añade otros aspectos tales como la identidad y la regresión psicológica, describiendo las distintas etapas del síndrome tales como negación, resistencia, aceptación y restitución. Según Castro, el inmigrante que padece esta enfermedad puede vivir períodos de ambivalencia, actitud defensiva, afectación en el retorno y carácter transgeneracional (es decir, la afección puede llegar a ser sufrida por los sucesores del inmigrante).

Sostiene el autor que existen diversos agentes estresores o desencadenantes que definen el síndrome de Ulises que son: la soledad, el duelo por el fracaso migratorio al no conseguir lo que se aspiraba, la lucha por la supervivencia en todos sus ámbitos (alimentación, vivienda, etc.), el miedo a los peligros físicos relacionados con el viaje migratorio, la separación de la familia y los amigos, la lengua, la cultura, la tierra, el nivel social, el contacto con grupos étnicos que puede devenir en rechazo de otros grupos y la falta de atención sanitaria adecuada en lo que respecta a la enfermedad. Todos estos agentes estresores pueden desencadenar tristeza, llanto, baja autoestima, sentimiento de culpa, ideas de muerte y suicidio, falta de interés en algunos casos, pérdida de interés sexual, tensión, nerviosismo, preocupaciones excesivas o recurrentes, irritabilidad, insomnio, fatiga, cefaleas, entre otros síntomas, dependiendo del caso concreto.

Ahora bien, lo importante es que existen organizaciones en España que se encargan de atender a los inmigrantes y a brindarles ayuda y apoyo psicológico así como asesoramiento para prevenir o tratar el síndrome de Ulises:
Así que, estimado inmigrante, si te sientes identificado con alguno de los síntomas del síndrome de Ulises, acude a algún centro de apoyo social de tu localidad que pueda asesorarte para prevenir o tratar la enfermedad. Recomiendo ampliamente la lectura de "SOS... Soy inmigrante. El síndrome de Ulises" ya que es una guía de apoyo para conocer los efectos del duelo migratorio, ofreciéndote las herramientas para saber cómo actuar ante la complejidad que representa emigrar de tu país de origen y brindándote toda la información que necesitas acerca del síndrome. 

Abg. Keila Jaimes