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domingo, 13 de septiembre de 2015

[Testimonios] Venezolanos en el exterior - Maheka Carella

En esta oportunidad, damos la bienvenida a Maheka Carella, venezolana radicada en Galicia, España, quien nos narra su emotiva experiencia como emigrante. 



«Hay quien cree que quienes nos fuimos pasamos página y por eso nos duelen menos determinadas realidades pero se equivoca. Generamos un doble sentimiento que es, además, tremendo. Sufres por quienes quieres y están allí pasándolo mal por la incapacidad de cuatro avaros y de paso generas una especie de culpabilidad (absurda) porque tu vida es diferente».

Imagen de Betanzos


Nombre:  Maheka Carella (¡Mahe para los amigos!).
Edad: 39 años.
Profesión: Relacionista Industrial.
Nivel de estudios: Universitario.
Lugar de nacimiento: Caracas – Distrito Capital (pero viví la mitad de mi vida en Puerto La Cruz).
País de residencia: España.

¿Cómo nace la idea de emigrar? 
Nace como una necesidad de acabar con la inconformidad que me producía un entorno cada vez más irracional. Nace en el mismo momento en el que razonas que la vida, allí (en Venezuela), puede valer muy poco. Tan poco como unos lentes de sol. Como se lo plantea cualquier otro matrimonio joven, nace de una perspectiva de futuro, de familia y de bienestar que consideras merecida y sin embargo ves negada.

¿Trabajabas en el momento de tomar la decisión de marcharte?
Sí, y trabajé hasta poco antes de mi viaje a España. Muchos me dijeron que me arrepentiría pero no me costó demasiado dejarlo. Trabajar para la industria petrolera, vivir la convulsión que supuso el paro petrolero y ver posteriormente la "Nacionalización" de la industria me demostró que yo no encajaría en esa "nueva" estructura. 

¿Te costaba encontrar trabajo en tu área? ¿Eran buenas las condiciones económicas?
Nunca tuve problemas para emplearme. Todo lo contrario, tuve la oportunidad, como tantos otros paisanos, de compaginar estudios y trabajo lo que me permitió entrar al mercado laboral bastante pronto y hacer carrera dentro de mi área. Las condiciones económicas, en mi caso, siempre fueron las ideales. 

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir y trabajar fuera de Venezuela?
Es un cambio de paradigmas pero sin dudar, ocho años después, valoro la experiencia como altamente positiva y respeto muchísimo las razones que exponen tanto quienes se quedan, como quienes marchamos. 
Para mí todas son válidas. Hay quien emigra por mejores oportunidades laborales, hay quien lo hace por dinero, otros simplemente por explorar otros territorios sin mayor pretensión. Hay quien emigra buscando tranquilidad, buscando calidad de vida, bienestar. Hay quien se ha regresado con el mal sabor del fracaso. Otros seguimos insistiendo confiados en que, cualesquiera sean las circunstancias, estamos donde y como queremos estar.

¿Consideras que las condiciones, tanto laborales como sociales,  son mejores en tu actual lugar de residencia?
Siempre se puede mejorar. En Galicia hay una frase muy recurrida que define muy bien ese carácter local: "No todo cabe en un saco". 
El entorno ideal, con las condiciones ideales, considero que es una utopía. Siempre que vivamos en sociedad y hagamos vida con miles y miles de semejantes está claro que no se podrá complacer a todo el mundo, todo el tiempo. Ese carácter ideal debemos gestionarlo nosotros mismos cada día con pequeños gestos aunque estamos de acuerdo con que el entorno debe auspiciarlo. España es, socialmente hablando, mucho más equilibrada y honesta.
Las condiciones laborales en España sufren, como en tantos otros países, una serie de trastornos que esperamos transitorios sin embargo es grato acabar con ciertos mitos que traemos aprendidos. Destacaría que todo trabajo es digno y justamente remunerado. También hay una constante promoción de los oficios que, además, forman una parte muy importante de la cadena productiva. 

¿Echas de menos Venezuela? Si es así, ¿qué es lo que más añoras? 
¿Con total honestidad? Echo de menos la temperatura del mar y determinados sabores. ¿Cuáles? Un coco bien frío, un jugo (zumo) enorme de parchita de esos mal colados con mucho hielo, una morcilla de Carúpano... La modernidad ha hecho que tengamos hallacas, arepas, ají dulce, cachapas (platos típicos venezolanos) y muchas otras delicias en nuestras mesas pero, como escribe Banana Yoshimoto en su libro "Un viaje llamado vida" (¡que recomiendo a ojos cerrados!): "Es lógico que un producto sepa mejor en el lugar de origen, pero me parece curioso el hecho de que ese sabor se arraigue en el cuerpo a modo de memoria".
A mis amigos de siempre, a mis colegas, a mi familia más cercana no los echo de menos. Muchos se han marchado también y a ellos y a los que aún viven allí, los tengo a un clic de distancia y eso me complace lo suficiente. 

¿Qué es lo que más te gusta de tu actual lugar de residencia?
Vivo en Betanzos, una ciudad pequeña del noroeste gallego de más de 800 años de fundada. Todo es interesante, todo tiene una historia, suceden cosas maravillosas, es bohemia, pintoresca y preciosa. La encuentro apacible, amable y absolutamente familiar. El tráfico no existe, se puede hacer todo caminando y con total seguridad. Lo primero que me llamó la atención cuando llegué, más allá de su arquitectura, es que en las puertas de las casas quedaba colgada la bolsa de pan que dejaba el panadero apenas al amanecer. Una rareza para quienes venimos de una vorágine como la venezolana. Una sorpresa para quienes no entendían que yo pudiese fotografiar algo tan cotidiano para ellos.

¿Y lo que menos te gusta?
Tiene las limitaciones de las ciudades pequeñas en cuanto a ofertas comerciales y oportunidades laborales, sin embargo está muy bien conectada con ciudades principales y sólo hace falta desplazarse apenas pocos kilómetros en cualquier caso.

Si las cosas estuvieran mejor, ¿te plantearías volver a Venezuela?
Por aquello de "nunca digas nunca" podría planteármelo pero no se vislumbra en los planes. 

¿Consideras positiva tu experiencia actual?
¡Sin lugar a dudas! Aquí llegamos mi esposo y yo con la vida en 6 maletas y la cabeza llena de ideas y dudas a partes iguales. Hoy tenemos dos hijos y un camino andado. Miro hacia atrás y repetiría cada paso, incluso cada tropiezo, por llegar hasta aquí. 

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por Venezuela desde tu actual residencia?
Hay quien cree que quienes nos fuimos pasamos página y por eso nos duelen menos determinadas realidades pero se equivoca. Generamos un doble sentimiento que es, además, tremendo. Sufres por quienes quieres y están allí pasándolo mal por la incapacidad de cuatro avaros y de paso generas una especie de culpabilidad (absurda) porque tu vida es diferente. Entras a un supermercado, a un hospital, a una farmacia, a un colegio público, a una gasolinera, entras a un baño público, subes a un autobús, las bolsas de pan colgadas en las puertas… y las comparaciones te persiguen. Da igual los años que pasen, no dejas de cuestionarte "¿porqué aquí si y allá no?". Entonces te das cuenta de que tu vida transcurre entre dos aguas, haciéndote preguntas incómodas y que tú sabes las respuestas pero, quieres creer que son otras. 

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años? 
Es duro despertar un día sintiendo que no perteneces al lugar donde has crecido y que hiciste siempre tuyo, que no reconoces nada de lo que te rodea y que la idiosincrasia es una palabra larga pero rara porque ya desconoces su significado. Pues no, no lo habría pensado. Pasó así, como te lo cuento. 

Por último, un mensaje dirigido a quienes están pensando en la posibilidad de emigrar:
Para mí el hecho de emigrar no asegura el éxito, pero estoy convencida de que la clave está en saber lo que sales a buscar en tu nuevo destino. Si lo tienes claro ya puedes lidiar con climas extremos, con otros idiomas, con nuevos hábitos… que llevas ventaja en el camino. 
Yo hice una lista: "Lo que llevo/Lo que dejo", me sorprendieron los resultados. Una mitad eran paisajes, la otra mitad eran afectos… todo cabía en mi cabeza y en mi corazón el día del viaje; y hoy, tantos años después todo sigue intacto. Trabajemos en esa meta, preparémonos para ser los mejores embajadores que Venezuela haya podido tener, marquemos la diferencia, rescatemos el respeto que perdimos, tengámoslo con quienes nos reciben, y que cuando nos toque volver sea para retomar todo el sentimiento nacional que se perdió en el camino. ¡Ánimo Amador!

domingo, 30 de agosto de 2015

[Testimonios] Venezolanos en el exterior - Carolina

A Carolina la conocemos por sus valiosas reflexiones acerca del exilio venezolano, que ya han formado parte de este blog y que, seguramente, le han dado aliento a muchos para tomar la decisión de emigrar. En esta ocasión, el rol de Carolina es diferente. Ahora comparte con nosotros su punto de vista como emigrante, así como también nos brinda algunos consejos para poder sobrellevar el exilio con paciencia y determinación.  


«Mi vocación es educar y entre los proyectos que tengo aquí en España se destaca el de seguir educando así sea en la distancia; si eso contribuye a un mejor futuro para mi país (Venezuela), creo que será el mejor granito de arena que pueda aportar para un cambio sostenible en el tiempo».


Nombre:  Carolina. 
Edad: 36.
Profesión: Contable. 
Nivel de estudios: Universitario.
Lugar de nacimiento: Coruña - España.
País de residencia: España.

¿Cómo nace la idea de emigrar? 
Ante la situación que se vivía en Venezuela y a pesar de tener una situación laboral estable como profesora universitaria, mi esposo y yo decidimos marcharnos en procura de un mejor futuro para nuestra hija.

¿Trabajabas en el momento de tomar la decisión de marcharte?
Si, llevaba catorce años ejerciendo mi carrera como contador público y nueve años como profesora universitaria.

¿Te costaba encontrar trabajo en tu área? ¿Eran buenas las condiciones económicas?
No, el campo laboral de mi carrera era bastante bueno. Sin embargo y, debido a la inflación, las condiciones económicas eran pésimas; puedo incluso contar a modo de anécdota que tras nueve años trabajando como profesora asistente en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), mi fondo de jubilación hasta marzo del año 2014, hoy en día (agosto 2015), alcanzaría solamente para comprar una licuadora.

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir y trabajar fuera de Venezuela?
De vivir, buena. Soy emigrante retornada española, ya que nací en España y retorné al país que me vio nacer. Sin embargo, la adaptación quizás ha sido un poco lenta, no es la misma cultura que me inculcaron mis padres y abuelos.
En cuanto a trabajo, puedo afirmar que en España las condiciones laborales son muy distintas a las que se encuentran en Venezuela, aunque, al menos en Galicia, ganando poco dinero se vive bastante bien en comparación con grandes ciudades como Barcelona o Madrid.

¿Consideras que las condiciones, tanto laborales como sociales,  son mejores en tu actual lugar de residencia?
Sociales, definitivamente sí, cualquier país occidental hoy en día, –lamentablemente para Venezuela-, goza de mejores condiciones en términos de abastecimiento, salud, educación y sobre todo seguridad.
En términos laborales, España no goza actualmente de las mejores cifras o condiciones; quien piense que vendrá aquí con la misma comodidad laboral que se vivía en Venezuela se llevará quizás una desilusión, pero vale la pena, la experiencia incluso hace que uno se redefina como profesional, se experimenten nuevos talentos. Ante la experiencia migratoria uno se reinventa como ser humano.

¿Echas de menos Venezuela? Si es así, ¿qué es lo que más añoras? 
Sí, hay meses mejores, otros peores; también es cuestión de actitud: añoro a mi familia, los sabores, la gente. Me fui pensando en jamás regresar y a veces incluso siento que lloro a una Venezuela que no existe, como en los duelos, a veces me encuentro derramando lágrimas por un muerto.

¿Qué es lo que más te gusta de tu actual lugar de residencia?
La seguridad, el sistema de educación y la salud pública.

¿Y lo que menos te gusta?
Las diferencias culturales me han afectado más de lo que habría imaginado.

Si las cosas estuvieran mejor, ¿te plantearías volver a Venezuela?
Creo que esa pregunta resuena en todos los que hemos salido del país, sin embargo, racionalmente hablando, por ahora no me planteo regresar, pero no lo descarto. Como el refrán que dice “nunca digas nunca”.

¿Consideras positiva tu experiencia actual?
Toda experiencia deja un aprendizaje, así que sí, la mayoría del tiempo emigrar lo veo como una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por Venezuela desde tu actual residencia?
Sí, confieso que a veces el hecho de abrir mi nevera y ver comida me da remordimiento o simplemente salir a caminar por la noche tranquila me hace preguntarme en qué hemos fallado, sería irresponsable dejar toda la culpa en manos del gobierno. Venezuela, socialmente hablando, adolece de problemas que ha cosechado desde hace muchos años. Tal como decía Arturo Uslar Pietri, sembrar el petróleo: es una frase, desafortunadamente, sustantiva; el día que se haga verbo, el futuro venezolano probablemente sea otro.
Mi vocación es educar y entre los proyectos que tengo aquí en España se destaca el de seguir educando así sea en la distancia; si eso contribuye a un mejor futuro para mi país (Venezuela), creo que será el mejor granito de arena que pueda aportar para un cambio sostenible en el tiempo.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años? 
No, hace diez años ni se me habría pasado por la cabeza que hoy estaría viviendo en España.

Por último, un mensaje dirigido a quienes están pensando en la posibilidad de emigrar:
Que asuman el reto, no van a perder nada; por el contrario, ganarán en vivencias y aprendizajes. Por otro lado, probablemente puedan ayudar más al país desde lejos.-

lunes, 17 de agosto de 2015

[Testimonios] Venezolanos en el exterior - Ángelo y Sarai (Vídeo)

Damos la bienvenida a Ángelo y Sarai, venezolanos radicados en Chile, quienes nos narran algunas de sus vivencias antes de dar el paso definitivo de emigrar y cómo ha sido su vida en Chile tras esa decisión. Al mismo tiempo, nos ofrecen unos excelentes consejos acerca de lo que implica la emigración y cómo sobrellevar la vida como inmigrante en otro país.  


«Hagamos de esto una experiencia de vida, involucrémonos y seamos capaces de ser unos ciudadanos ejemplares en lo posible». Sarai.
 
 
 «Si llegas a un lugar nuevo, únete a él». Ángelo.
 
 
 

 

domingo, 26 de julio de 2015

Para nacer hay que romper un mundo, o dos - Oxxana

Damos la bienvenida a Oxxana, venezolana radicada en Canadá, quien nos narra su emotiva experiencia como emigrante.


«He aprendido de los países en los que me ha tocado vivir. No de los gobiernos, porque de ellos no se aprende nunca nada, mas sí de la gente. Es como un fenómeno de ósmosis, dar y recibir. Trato de dar lo mejor de mí, para reconciliarme con mi gentilicio y no crean que todos los venezolanos somos la degradación en la que nos han convertido los invasores que nos han depredado el alma y nos dejaron irreconocibles».
 
 
Imagen cedida por Oxxana
 
Keyla apareció un día y me invitó a escribir en su blog algo sobre el exilio.

Después de un año fuera de Venezuela fui tranquila, con mis fantasmas dormidos, a darle un vistazo al blog, a leer lo que escribían los venezolanos que se han ido.

Sólo pude leer dos. No lo resistí.

A medida que le leía sentía revivir lo que creía superado, como las heridas que crees curadas hasta que las tocas y te das cuenta que no. Me había prometido a mí misma no regodearme más en el morbo de las separaciones y los adioses. Había que afrontarlos y ya.

Pero la mente no funciona así. Quedaba algo pendiente, suspendido, que las exigencias de lo cotidiano me ayudaban a evadir. Y lo agradecía. No quería extrañar a nadie ni llorar más. Tenía una tarea y la iba a cumplir, la tarea de reconstruirme a mí misma. Ya que no pude reconstruir el país me iba a reconstruir yo.

Sólo se reconstruye lo que está roto y yo lo estaba, nadie sabía cuanto. Ni yo.

Irme de Venezuela era una idea que me inculcaba mi familia diariamente. Pero no pasaba de ser eso, una idea a la que yo sabía esquivar hábilmente. No estaba preparada, tenía mucho que hacer, mis actividades políticas en el movimiento estudiantil y mi trabajo me mantenían en una vorágine que no me permitía ver más allá. Me puse en riesgo yo y a mi familia. Pero lo valía. Creía. Tenía fe. La mística del grupo me impulsaba y yo a ellos. No nos quitarían nuestro futuro. Invasores malparidos hijos de puta. Los muertos, sabía que los habría, en toda guerra los hay. Las traiciones, esas no. Esas no las sabía. Destruyen como la muerte pero peor porque te dejan viva para que las sufras y las aprendas.

Dice un vendedor de libros: el universo a veces conspira a tu favor. En medio de la decepción y luego de varias entrevistas a larga distancia en las que puse poco empeño e interés, un día tuve trabajo en Chile. La idea de irme me la convirtieron en realidad. No había tiempo para estar preparada, tenía que estarlo. No había tiempo para sentir ni para estar triste ni para mirar a los lados. Era ahora o nunca. Y fueron ambas: para algunas cosas fue “ahora” y para otras “nunca”.

Seis meses en Chile me dieron soledad y tranquilidad. Descubrí lo que ya intuía: Venezuela te entrena para sobrevivir en cualquier parte. Si superas a Venezuela, en un país normal eres un as. Lo digo sin arrogancia. Lo digo porque si eres profesional y te permiten desarrollarte, lo haces bien, seriamente, sin tratar de imponer tu idiosincrasia, terminan respetándote. Respeto, sí, eso sentí. Palabra que en Venezuela se perdió.

Luego me trasladaron a Canadá y aquí estoy. Desarraigada como siempre pero algo más feliz. A nadie le importa de dónde vienes ni qué has hecho antes. Un país extranjero no está diseñado para hacerlo a uno feliz. Está diseñado para hacer feliz a su gente, cuando mucho y con dificultades.

He aprendido de los países en los que me ha tocado vivir. No de los gobiernos, porque de ellos no se aprende nunca nada, mas sí de la gente. Es como un fenómeno de ósmosis, dar y recibir. Trato de dar lo mejor de mí, para reconciliarme con mi gentilicio y no crean que todos los venezolanos somos la degradación en la que nos han convertido los invasores que nos han depredado el alma y nos dejaron irreconocibles. Trato de reconciliarme conmigo misma por lo que dejé incompleto y perdí. No es fácil, tengo retrocesos, me culpo por cosas. Me perdono otra vez y en ese círculo vivo. Estoy parada de otra manera ante la vida, menos cínica, menos odiosa, me quiero más. Y por lo tanto a los demás también.

No desprecio a mi país. Desprecio a los que no lo han sabido querer, a los que lo han entregado sin escrúpulos ni moral.

Dice Hermann Hesse que para nacer hay que romper un mundo. Mi dificultad ha sido no querer romper nada y mantener dos mundos en mí, y como no me gustan las cosas fáciles alimento mi masoquismo contradiciendo  a Hesse. Hasta que aguante. Quiero regresar a Venezuela algún día, no como turista sino para quedarme. Esta vez me fui yo, alguna vez se irá el invasor. Tengo mucha vida por delante y a él se le está acabando. Vamos a ver quién gana al final.

En el exilio todo intento de arraigo se considera traición. Es el reconocimiento de la derrota. Esa es la herida que cuando toco me sigue doliendo. También lo estoy superando y lo descubrí gracias a Keyla que un día se apareció y me pidió que escribiera algo en su blog.-

domingo, 12 de julio de 2015

[Testimonios] Venezolanos en el exterior - Victoria Guerra

En esta ocasión, le damos la bienvenida a Victoria Guerra, venezolana radicada en Buenos Aires, quien nos cuenta su vida como emigrante.


Nombre: Victoria Guerra.
Edad: 25.
Profesión: Politóloga de profesión, escritora de oficio.
Nivel de estudios: Universitario.
Lugar de nacimiento: Caracas, pero viví en Maracaibo toda la vida.
País de residencia: Argentina (en Buenos Aires).

 
 
«Hay mucha gente que se va físicamente pero emocionalmente sigue pegada en Venezuela y, aunque a veces sea duro, hay que intentar darle una oportunidad al país que te recibe».
 
Victoria junto a su novio.
 
¿Cómo nace la idea de emigrar?
Honestamente, nunca tuve planes de quedarme en Venezuela. Básicamente esperé a tener un título, pero desde hacía muchos años quería irme.
 
¿Trabajabas en el momento de tomar la decisión de marcharte?
Sí, estaba trabajando en una agencia de marketing en Maracaibo.
 
¿Te costaba encontrar trabajo en tu área? ¿Eran buenas las condiciones económicas?
Tuve bastante suerte en Venezuela en ese aspecto, apenas me gradué conseguí trabajo en una de las agencias de publicidad más importantes de Maracaibo, no me fue bien y conseguí otro trabajo pronto; no ganaba un buen sueldo (particularmente en la primera experiencia laboral), pero me fui de Venezuela apenas ocho meses después de graduarme, tampoco era realista esperar un sueldazo. Por suerte, no me hacía falta tampoco.
 
¿Cómo está siendo la experiencia de vivir y trabajar fuera de Venezuela?
A las pocas semanas de llegar, conseguí un trabajo a medio tiempo que paga bastante bien y lo hago desde casa, allí sigo; de un mes para acá, también tengo otro freelance que me ocupa un par de horas al día. A veces termino de trabajar tarde en la noche y es duro, pero me da la oportunidad de ahorrar y vivir cómoda.
 
¿Consideras que las condiciones, tanto laborales como sociales,  son mejores en tu actual lugar de residencia?
Mil veces. También es que esta es una ciudad enorme y como tal hay muchas oportunidades (y también mucha competencia, hay que admitirlo), además que el mismo rollo cosmopolita en Buenos Aires quita mucho ese enfoque general relacionado con las tonterías de imagen que en Venezuela son mucho más importantes de lo que deberían.
 
¿Echas de menos Venezuela? Si es así, ¿qué es lo que más añoras?
Echo de menos a mis amigos, a mi gato, a comer parrilla los domingos con mi familia; pero a Venezuela particularmente, no.
 
¿Qué es lo que más te gusta de tu actual lugar de residencia?
La gente es mucho más abierta, le hace menos caso cosas que a mí me parecen normales como vivir en pareja sin estar casados o tener piercings o tatuajes visibles. Sonará como una banalidad, pero ese cambio de actitud a mí, por lo menos, me deja mucho más tranquila y menos auto-consciente.
 
¿Y lo que menos te gusta?
El gobierno de Cristina Kirchner, los peronistas y toda la gente que vive convencida de que Hugo Chávez le hizo un favor a Venezuela, que en Argentina no son pocos y están súper dispuestos a hablarte de lo bueno que fue que Chávez le quitara el poder a los ricos.
 
Si las cosas estuvieran mejor, ¿te plantearías volver a Venezuela?
No.
 
¿Consideras positiva tu experiencia actual?
Muy. Llevamos menos de un año en Buenos Aires y tanto mi novio como yo estamos trabajando, vivimos juntos en un país donde esta situación se ve como normal, podemos alquilar un apartamento bonito en una buena zona y comer fuera, incluso de vez en cuando ir a algún concierto -todo eso sin miedo a que nos atraquen en cualquier esquina-.
 
¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por Venezuela desde tu actual residencia?
Creo que me da más por preocuparme por mi gente directamente, me he convertido en la mamá a distancia de mis amigos: vivo con el estrés de que siempre les va a pasar algo, que les roben el carro o no consigan acetaminofén  (medicamento) o qué sé yo.
 
¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
Sí, siempre tuve el plan irme, aunque más que a Argentina, quería Europa o Estados Unidos. Quizá eventualmente nos vayamos para el norte, le tengo algo de desconfianza a la estabilidad de América Latina, la verdad.
 
Por último, un mensaje dirigido a quienes están pensando en la posibilidad de emigrar:
Es tan válido quedarse como irse, es una decisión de vida, por lo cual nadie tiene derecho a reprochártela y, aunque hayan muchísimos que salgan con el discurso de que le estás "dando la espalda" a Venezuela, tienes derecho a hacer tu vida como te parezca mejor.
Otra cosa es que, una vez afuera, las reglas de juego cambian y ya no tienes el "nombre" que tenías, por lo que hay que llevarlo con un poquito de humildad y respetar las reglas del país que te está dando hogar.
Por último, hay mucha gente que se va físicamente pero emocionalmente sigue pegada en Venezuela y, aunque a veces sea duro, hay que intentar darle una oportunidad al país que te recibe y recordar que si te fuiste de Venezuela es porque sabías que no ibas a estar tranquilo allá.-

domingo, 28 de junio de 2015

[Testimonios] Venezolanos en el exterior - Ana Bortolussi

Desde No hay fronteras, damos la bienvenida en esta oportunidad a Ana Bortolussi, venezolana que emigró a Argentina, quien nos narra su experiencia desde el exilio.
 
 
«Irte es un gran crecimiento personal, aunque a veces duela
 
Ateneo Grand Splendid - Buenos Aires
 
 
Nombre: Ana Bortolussi.
Nivel de estudios: postgrado.
Lugar de nacimiento: Valencia, Venezuela.
País de residencia: Argentina.
 
¿Cómo nace la idea de emigrar?
Tenía años pensándolo, pero estaba realizando estudios de postgrado y sabía que, de irme, probablemente no ejercería mi carrera, al menos por un buen tiempo. Los
sucesos de 2014, acaecidos en el país, cambiaron todo.
 
¿Trabajabas en el momento de tomar la decisión de marcharte?
Sí, trabajaba en el ejercicio independiente de mi profesión.
 
¿Te costaba encontrar trabajo en tu área? ¿Eran buenas las condiciones económicas?
No, como abogado siempre hay trabajo. El problema radicaba en que, aunque estuvieses cómodo económicamente, eso no se transformaba en poder adquisitivo.
 
¿Cómo está siendo la experiencia de vivir y trabajar fuera de Venezuela?
Agridulce, pero me aseguro a diario que vale la pena. Buenos Aires tiene sus momentos geniales, hay muchas actividades culturales, camino de noche sin miedo y tengo amigos que me han apoyado incondicionalmente; en ese sentido soy más feliz de lo que era en Venezuela. Actualmente trabajo en ventas en un Call Center lo cual es una lección de humildad, te quitas el ego y entiendes que en ese instante eres uno más, no importa qué tan preparado estés. Eventualmente me gustaría trabajar en algo mejor, quizás a futuro en algo relacionado con mi carrera.

¿Consideras que las condiciones, tanto laborales como sociales,  son mejores en tu actual lugar de residencia?
Conseguir trabajo acá no es fácil, pero con un trabajo a tiempo parcial, cubro todos mis gastos (residencia, comida, transporte) ganando menos del sueldo mínimo. Eso es impensable en Venezuela. Socialmente veo similitudes, pero acá hay menos violencia y por los momentos, es un buen sitio para vivir.
 
¿Echas de menos Venezuela? Si es así, ¿qué es lo que más añoras?
Venezuela para mí es un concepto etéreo. Extraño a mi familia, a los amigos que dejé, las cachapas, empanadas, tequeños (platos típicos venezolanos), la playa, el calor...
 
¿Qué es lo que más te gusta de tu actual lugar de residencia?
SEGURIDAD. Camino a las 4am hasta mi casa y hay gente caminando igual que yo. También me agrada que el transporte funcione 24/7.
 
¿Y lo que menos te gusta?
El invierno, me quejo constantemente, ¡jaja!
 
Si las cosas estuvieran mejor, ¿te plantearías volver a Venezuela?.
Probablemente sí, pero creo que pasará mucho tiempo para que haya una mejoría.
 
¿Consideras positiva tu experiencia actual?
Totalmente. He aprendido a valerme por mi cuenta, a apreciar cosas que antes habría dado por sentado. Irte es un gran crecimiento personal, aunque a veces duela.
 
¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por Venezuela desde tu actual residencia?
Mi familia sigue en Venezuela, me duele pensar que tengan que hacer colas para comprar productos, o que mis hermanas no puedan salir sin miedo de que algo les suceda. Mi misión en este momento es sobrevivir bajo esta experiencia y buscar establecerme para que ellas puedan venir a futuro. La impotencia por el país se siente a diario, pero, en mi opinión, no creo que podamos hacer mucho desde el exilio.
 
¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
No. Tenía muchos planes y sueños con Venezuela, pero no quise seguir esperando alguna mejora para empezar a vivir.
 
Por último, un mensaje dirigido a quienes están pensando en la posibilidad de emigrar:
Hay que prepararse y estar dispuesto a trabajar mucho por lo que queremos.
No es sencillo, pero vale la pena.-

sábado, 11 de abril de 2015

Desiato sobre amor y consumismo - Fragmento

Es un día normal. Reviso mi bandeja de entrada, repleta de correos electrónicos. La capacidad casi a rebosar (y mira que son 11GB). Me dispongo a curiosear una flechita que indica "Última página". Llevo años con mi cuenta de correo electrónico, así que me decido y reviso la última (¿o primera?) página de mi bandeja de entrada. Y he aquí el obsequio que la casualidad me dio. Un obsequio, nada más y nada menos que del 22 de marzo del año 2006 y que nos invita a extraviarnos (hablo como emigrante y a usted, también como emigrante o bien, testigo de la diáspora venezolana que hoy inquieta al país). Venga a conocer:

"Llegué a Venezuela en 1973 al puerto de La Guaira procedente de Italia. Me llevó allí el buque “Doninzetti”, ahora desarmado, tras trece días de travesía atlántica. Recuerdo con claridad que la noche en que nos acercamos a las costas venezolanas veía luces por doquier y el aire cálido, húmedo, oloroso, penetraba en mis pulmones con una sensación absolutamente nueva. El buque fondeó en las afueras del puerto y los pasajeros transcurrieron su última noche de viaje en el puente, asomados frente a esas luces que sugerían un alegre bullicio. Siempre surte cierto efecto mágico vislumbrar la tierra o sentir su cercanía tras tanto mar. La soledad de éste se halla sobrecogida por la presencia de otros seres humanos, libres de moverse por la tierra, no cercados por tanta agua y profundidad. Esa noche imaginé – como europeo – una costa similar a las que había conocido en mi temprana infancia en Italia. Creía que esas luces emanaban de cómodas residencias, casitas de playa, lugares de veraneo donde uno suele pasar unos días de descanso paseando a orillas del mar o en algún malecón. Imaginaba heladerías y cafés, orden, pulcritud, tranquilidad. Pasé una noche inquieta, emocionado como estaba por el inminente desembarque que me habría unido a mi padre.

La mañana siguiente la luz del sol me mostró algo que nunca había visto. Por aquel entonces tenía doce años y no tenía la costumbre de ver noticiarios. En todo caso, en Italia era poco lo que se sabía – o lo que un preadolescente podía saber – sobre la realidad social venezolana. Sólo se decía que era un país joven, rico, portador de esperanza, un país que le había dado cobijo, alimento y un futuro a millares de emigrantes europeos duramente probados por la experiencia de la segunda guerra mundial. Sabía que Venezuela tenía petróleo – mucho petróleo – y que iba a asegurar una vida más llena, más próspera, más hermosa de aquella que podía ofrecer una Italia que ya, gracias a la ayuda económica norteamericana, se estaba recuperando de la guerra, y que, sin embargo, en lo cultural, seguía siendo todavía muy provincial, replegada sobre sí misma y aún no plenamente reconciliada tras la aventura fascista, la caída de la Monarquía y la fuerte presencia de partidos de izquierdas que habían contribuido, conjuntamente con las tropas aliadas, a liberar el norte de la península y que miraban hacia Moscú todavía como quien mira un jefe, a pesar de los dolorosos hechos de Hungría y la ocupación de Checoslovaquia por parte de los tanques soviéticos.

Mi sorpresa fue muy grande cuando el sol caribeño, fuerte, implacable, me mostró un conjunto de casitas, apiñadas, construidas con ladrillos y techos de zinc, algunas pintadas, otras apenas unas chozas, sin poder ver dónde estaban las calles y avenidas que permitían circular entre tales moradas. ¿Adónde habían ido a parar las luces que, tal luciérnagas veraniegas, brillaban con intermitencia la noche anterior? Mi madre y mi abuelo me explicaron que esas casas se llamaban “ranchos” y que allí vivían los pobres. Yo había visto algún pobre mendigar por las calles de la ciudad dónde vivía, pero jamás había visto tanta pobreza junta y, si se quiere, expuesta. E inmediatamente, sin tener la menor conciencia de los problemas sociales y económicos que azotan el mundo, me pregunté cómo hacía esa gente para soportar eso. De forma todavía latente, me sorprendía que no se rebelaran, como había estudiado en los libros de texto de la escuela cuando me habían enseñado, en el nivel que corresponde a un niño, las revoluciones de la historia. Esta disciplina me había cautivado desde el comienzo y recordaba con claridad, algunas páginas relacionadas con la revuelta de Espartaco, el esclavo de los romanos que se rebeló contra la injusticia del mundo. La luz del día me hizo pensar que lo que presenciaba era injusto.

La palabra justicia es una de las primeras que se le enseñan a un niño. Te dicen que el mundo “debe ser justo”, que “hay que combatir las injusticias”, que “los hombres deben ser libres e iguales”, que “todos somos hijos de Dios”. Nada de lo que veía se correspondía a lo que me habían dicho. Entonces, desembarcamos. Había llegado a Venezuela.


***

Con el transcurrir de los años entendí que ese día sólo había puesto pie en suelo venezolano, pero que faltaba mucho para decir que “había llegado a Venezuela”. Para llegar de veras a un sitio, lo debemos comprender. Estar en un lugar, no significa simplemente ocupar un espacio físico y moverse entre su gente. El turismo enlatado nos ha hecho olvidar la realidad del viaje. El turista sabe cuándo llega, dónde va a estar, cuánto tiempo se va a quedar, qué va a ver y, sobre todo, conoce perfectamente el día y la hora del vuelo que lo traerá de vuelta a casa. Viajar significa, en cambio, perderse. No se trata de un extravío simple y llano, sino de perder lo que uno es para comprender el otro, lo que desconocemos, lo que no somos, sin considerarlo de inmediato como “lo otro”, es decir, lo que jamás conoceremos y seremos. No hay viaje sin la experiencia del conocimiento y bien puede decirse que conocer es una forma de viajar. Debe tratarse de un conocimiento que acepte perder sus categorías y ganar otras, un conocimiento que también se pierde a sí mismo porque ha aprendido a conocer de la forma en lo que lo hace quien te hospeda, quien te abre sus puertas y te dice: “Quédate todo el tiempo que desees”. Para conocer de esta forma no hay que tener miedo – yo lo tuve durante mucho tiempo – y hay que saber aceptar la generosidad del otro, lo que no siempre es fácil, porque el don del otro puede ser percibido como una invasión de lo que se es. Los occidentales han colonizado el mundo de muchas formas, con las armas, con la religión, pero también con sus regalos, fueran estos los espejitos que intercambiaban por oro, o cualquier tipo de tecnología, inclusive la médica. Han dado mucho, y recibido poco: han sido recelosos con los dones del otro, porque han tenido miedo. El día en que entendí eso, mi vida cambió. Pero eso forma parte de mi biografía, que podemos dar por concluida a efectos de nuestro texto, una vez que nos ha permitido establecer un primer punto: deseo llevarlos, con todos los que aquí escriben y que acompaño, a conocer a Venezuela para comprenderla desde la distancia analítica a la par que la cercanía afectiva, sin que la primera destruya la segunda y sin que esta última empañe la anterior".

Fragmento de "Desiato sobre amor y consumismo", Primera parte: En busca de la convivencia perdida.

martes, 30 de septiembre de 2014

El exilio desde adentro - Ana Irina Rodríguez

Damos la bienvenida a Ana Irina Rodríguez a No Hay Fronteras, quien desde "El exilio desde adentro", comparte con nosotros sus consideraciones acerca del fenómeno migratorio venezolano.
 
 
«Que allá a donde hayan ido sepan ser todo lo que en Venezuela sentían que no podían. Que no sean eso de lo que huyeron y merezcan sentirse parte de lo que podremos ser un día, después que nos superemos a nosotros mismos».
 
 
Nombre: Ana Irina Rodríguez
Edad: 34 años
Profesión: Chef y Comunicadora Social
Nivel de estudios: Universitarios y técnicos
Lugar de nacimiento: Caracas
País de residencia: Venezuela
 
¿Qué opinas acerca del fenómeno migratorio en Venezuela? 
Es consecuencia lógica de la grave situación socio-económica que atraviesa el país. Está en la naturaleza del ser humano tomar decisiones que apunten a su bienestar y desde ese punto de vista es absolutamente razonable que las personas se orienten en sentidos que representen mayor esperanza al incremento de su calidad de vida. Nadie va a preferir estar donde las probabilidades de desarrollarse o mejorar luzcan imposibles, teniendo la posibilidad de elegir o intentar otro camino (con todas las dificultades que la decisión implique). Y si sumamos a eso los índices de violencia y muerte a manos del hampa, podríamos hasta decir que quien decide irse está sencillamente aferrándose a la vida en su acepción más sana, ya que quienes continuamos en Venezuela vivimos prácticamente cercados por la probabilidad de acabar como una estadística trágica más.

¿Consideras que es beneficioso o perjudicial para el país?
Perjudicial. Pero cuando un concepto tan abstracto como puede ser el concepto de nación compite en orden de prioridades con la propia sobrevivencia, pierde sostenibilidad la consideración.

Durante los últimos 15 años, ¿has tenido que despedir a familiares y/o amigos que se han marchado de Venezuela? ¿Mantienes el contacto con ellos? ¿Qué opinas acerca de su decisión de emigrar?
Familiares no. Amistades sí. Mantenemos contacto, pero la verdad es que la distancia coloca el vínculo tras una especie de vitrina, donde el afecto sigue intacto, pero el alcance del compartimiento queda suspendido en un hilo cuyo tejido pierde cierta trama ante las limitaciones y conformidades que obliga la distancia. Te alegras, por supuesto, cuando sabes que múltiples oportunidades y metas de la persona pasaban por irse, o cuando percibes que está feliz en su decisión. Te preocupas cuando piensas en la complejidad de tener kilómetros distanciándote de tus afectos. Especialmente en éstos últimos tres años, que las condiciones del país han colocado la decisión en un estatus muy similar al de la huida de un refugiado, donde personas que jamás hubiesen deseado irse deben hacerlo por necesidad de tratarse de un problema de salud imposible de solventar en el colapso de nuestro sistema de salud, o porque han sufrido episodios traumáticos con el hampa y no desean exponerse a una próxima embestida. En esos casos, la decisión es particularmente dolorosa. Opino que la decisión de emigrar es un acto absolutamente soberano y complejo  que, como tal, no admite juicio. Porque cada cual está en el derecho de decidir el entorno que condicionará su existencia.

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir en Venezuela cuando una parte importante de la juventud desea irse del país?
Es desoladora. Sobre todo porque con desarraigo se complica muchísimo construir lo que viene haciendo falta como base común. Y bueno, también da mucha tristeza sondear la idea de un país con la esperanza tan comprometida.

¿Te plantearías irte de Venezuela?
No he dejado de hacerlo en los últimos 10 años. Pero las necesidades diarias e imprevistas han postergado siempre mi plan.

¿Crees que la idea de emigrar y elaborar un plan migratorio resulta fácil encontrándote en Venezuela? 
Para nada. Comenzando por el hecho de que ahorrar aquí es casi imposible y en ese factor económico siempre se ve comprometida  la solidez del plan. A eso hay que sumarle otras múltiples complicaciones desprendidas de acciones de Gobierno y Estado como son el control de divisas, la burocracia del papeleo, la inestabilidad en el manejo de ciertas relaciones diplomáticas, las limitaciones con las aerolíneas, etc.  Si emigrar dependiera sólo de las ganas, hace varios años que ya no estaría aquí.  Sigo trabajando en la forma.

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por el país?
Frustración e impotencia son los apellidos de nuestra nacionalidad actualmente. Hago cosas por el país a diario. Cosas como respetar la ética de cada profesión que he ejercido, desarrollar  mi trabajo con amor y dedicación. Cosas como no justificar ni sumar esfuerzo a las acciones que nos carcomen moralmente como nación. Cosas como cambiar lo que me es posible cambiar de forma positiva en mi entorno. No hay una forma única de “hacer país”.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
La magnitud exacta de nuestra crisis social hoy, dejó corta cualquier expectativa imaginable en el pasado. Pero nuestro país lleva mucho más de 15 años cabalgando una crisis moral inconmensurable. Por lo cual es lógico considerar que en algún momento las consecuencias nos alcanzarían.

Por último, un mensaje dirigido a los venezolanos que han emigrado:
Que allá a donde hayan ido sepan ser todo lo que en Venezuela sentían que no podían. Que no sean eso de lo que huyeron y merezcan sentirse parte de lo que podremos ser un día, después que nos superemos a nosotros mismos.-

martes, 26 de agosto de 2014

[Testimonios] Venezolanos en el exterior - Mariclé García

Damos la bienvenida a este segmento de No hay fronteras a Mariclé García, venezolana radicada en Argentina, quien nos cuenta su experiencia desde el exilio.
 
 
«Duele mucho ver desde lejos como el país donde nací, crecí y viví 39 años de mi vida no es, no está. Estar, sin estar, no es fácil. Nuestro compromiso es ejercer el gentilicio de manera que conozcan la mejor versión del venezolano: alegre, amable, solidario, chévere. No esto en lo que nos han convertido».
 
El Rosedal de Palermo. Imagen tomada de http://elamoreslibre.ning.com/
 
Nombre: Mariclé García Pelayo
Edad: 47 años
Profesión: Ingeniero Industrial
Nivel de estudios: Universitario
Lugar de nacimiento: Punto Fijo, Paraguaná. Estado Falcón
País de residencia: Argentina (Buenos Aires)

¿Cómo nace la idea de emigrar?
Ambos, tanto mi esposo como yo, somos ex trabajadores de PDVSA. No creo haga falta recordar la persecución de la que fuimos objeto. Las empresas que estaban dispuestas a darnos trabajo eran amenazadas por el gobierno de rescindirle contratos. Así nos fue impuesto un cerco asfixiante… Fue ahí cuando decidimos buscar opciones más allá de nuestras fronteras.
 
¿Trabajabas en el momento de tomar la decisión de marcharte?
Trabajaba en casa a tiempo completo :) Disfrutando de mis hijos y ocupándome de que todo estuviera en orden.
 
¿Te costaba encontrar trabajo en tu área? ¿Eran buenas las condiciones económicas?
Era difícil tomando en cuenta que mis 10 años de experiencia laboral fueron en PDVSA. Y eso, para la fecha, era un estigma.
 
¿Cómo está siendo la experiencia de vivir y trabajar fuera de Venezuela?
Actualmente no trabajo. Vivir en este país maravilloso que es Argentina ha sido una experiencia fascinante. Buenos Aires nos abrazó con su aroma de tango desde el primer día. Esta ciudad es una bendición. Hay de todo, para todos. Parques, plazas, museos, teatros, librerías, edificios de todos los estilos arquitectónicos… Mención aparte para la gastronomía argentina. ¡De 10!
 
¿Consideras que las condiciones, tanto laborales como sociales, son mejores en tu actual lugar de residencia?
Indudablemente, sí. Aunque la carga impositiva es alta, hay mejores condiciones que en Venezuela. Algo para destacar es el buen funcionamiento del transporte público. A pesar de ser una ciudad inmensa, cuenta con un excelente servicio de transporte. Hay líneas de colectivos que recorren TODA la ciudad a un costo bastante razonable. Esa es una de las cosas que más llama la atención a quienes han venido a visitarnos.
 
¿Echas de menos Venezuela? Si es así, ¿qué es lo que más añoras?
Venezuela es mi piel. ¿Cómo no extrañarla? Antes dije que Buenos Aires nos había abrazado con aroma de tango desde el primer momento. Ahora debo puntualizar que el Alma Llanera no ha dejado de estar en mi corazón ni un segundo. Añoro muchas cosas… Mi familia, mis amigos, el sabor y sazón de nuestra comida, el mar, mi Cerro de Santa Ana, ¡el chocolate! ¡La lista es larga!
 
¿Qué es lo que más te gusta de tu actual lugar de residencia?
Todo. De Buenos Aires me gusta todo. Si tengo que mencionar algo en particular diría que sus plazas y parques, oasis en medio de la jungla de concreto.
 
¿Y lo que menos te gusta?
Ver que cada vez hay más gente viviendo en la calle. Eso me entristece mucho.
 
Si las cosas estuvieran mejor ¿te plantearías volver a Venezuela?
Sí. Hay que refundar a Venezuela y eso solo será posible con la ayuda de todos.
 
¿Consideras positiva tu experiencia actual?
Sí, mucho. Somos venezolanos, sin embargo, todos los días reconstruimos nuestra identidad. Aprendimos a vivir con cuatro estaciones al año y así como amigos argentinos descubrieron las arepas y tequeños, nosotros disfrutamos una rica carbonada.

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por Venezuela desde tu actual residencia?
¿Con cierta frustración? Con ABSOLUTA frustración. Duele mucho ver desde lejos cómo el país donde nací, crecí y viví 39 años de mi vida no es, no está. Estar, sin estar, no es fácil. Nuestro compromiso es ejercer el gentilicio de manera que conozcan la mejor versión del venezolano: alegre, amable, solidario, chévere. No esto en lo que nos han convertido.
 
¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
Nunca. Ni en mis peores pesadillas hubiera imaginado que Venezuela llegara a la situación en que está.
 
Por último, un mensaje dirigido a quienes están pensando en la posibilidad de emigrar
Emigrar es una decisión personalísima. A quienes están considerándolo les digo que decidan según lo que crean es mejor y una vez estén convencidos, sigan adelante. No es fácil, pero con actitud y voluntad todo se puede.-