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domingo, 3 de abril de 2016

Así empezó todo esto - Cinzia Ricciuti

«Este es mi papá en el barco que lo llevó por primera vez a Venezuela. Viajaba solo, se había casado con mi mamá pocos días antes, en pleno invierno, pero habían decidido que él iría primero y al establecerse iría ella. Eso sucedió dos años después. Nunca me dijo nada de ese viaje. Tampoco sé nada de la foto. Pero sí conozco esa bella mirada llena de futuro silencioso. En Caracas lo esperaba una habitación en Artigas, repleta de amigos solidarios, hombres y solos todos. Ahorraban dinero y sueños, masticaban el español y las frutas desconocidas, observaban el calor constante en la piel. Estaban en otro planeta. Así empezó todo esto. Así Venezuela.»

Cinzia Ricciuti


domingo, 20 de septiembre de 2015

El exilio desde adentro - Mariela Peña

Damos la bienvenida a Mariela Peña, venezolana residente en Caracas quien nos da su visión acerca del fenómeno migratorio venezolano.


«Ojalá pudiera asegurarles que en un tiempo podrán volver a su país. Que entiendo su partida, que no los juzgo y que, aunque han hecho falta en la lucha, siempre serán bien recibidos en su tierra. Quisiera decirles que eso será pronto, pero no tengo certeza. Venezuela nos ha sorprendido a todos y nos necesita. Trabajen por ella, aunque sea desde lejos. Ella lo agradecerá en cuanto tenga la oportunidad».


Nombre: Mariela Peña.
Edad: 40.
Profesión: Ingeniero Industrial - Locutora.
Nivel de estudios: Universitario.
Lugar de nacimiento: Caracas.
País de residencia: Venezuela.

¿Qué opinas acerca del fenómeno migratorio en Venezuela?  
Tal y como están las cosas en el país, un proceso natural de supervivencia.

¿Consideras que es beneficioso o perjudicial para el país?
Es perjudicial para el país, porque se queda sin ciudadanos trabajadores y sobre todo, llenos de civilidad.

Durante los últimos 16 años, ¿has tenido que despedir a familiares y/o amigos que se han marchado de Venezuela?
Sí, y en el último año, esto se ha agudizado.

¿Mantienes el contacto con ellos? ¿Qué opinas acerca de su decisión de emigrar?
Mantengo contacto con los más cercanos. Su decisión, tal y como dije antes, la considero parte del proceso natural de supervivencia. 

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir en Venezuela cuando una parte importante de la juventud desea irse del país? 
Es triste, pero no los juzgo. Buscan estar mejor para ellos y los suyos. 

¿Te plantearías irte de Venezuela? 
Lo he hecho, pero mi situación personal no me permite materializar esta idea.

¿Crees que la idea de emigrar y elaborar un plan migratorio resulta fácil encontrándote en Venezuela?  
Tengo amigos que se han ido que aseguran que sí. Pienso que es una decisión, que una vez tomada, se debe trabajar en función de ella para hacerlo bien y sin traumas. Todo radica en la planificación y buenas asesorías.

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por el país? 
Absolutamente. Frustración es la palabra que define a todos los venezolanos profesionales que vivimos en Venezuela. En cuanto a hacer algo por el país, todos los días siento que pongo mi grano de arena al educar con valores a mis hijos, al asistir responsablemente a mi trabajo y cumplir con mis obligaciones, al colaborar en lo que pueda con mis vecinos o Junta de Condominio. 
Si la pregunta está orientada a la política, la verdad, no me gusta, por eso no incurro en ella. A este país le hacen falta ciudadanos responsables que ejerzan de corazón el oficio que desempeñan; hay espacio para todos y creo en las competencias y habilidades de cada quien. “Zapatero a su zapato” es un dicho que necesitamos aplicar.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años? 
No... Toda la familia de mi ex esposo es cubana. Aterrados, ellos vieron venir todo este desastre. En 1998, fueron profetas desde su experiencia. Yo les aseguraba que lo de Cuba no pasaría aquí y ellos me miraban con ojos de “ella no sabe”. Siempre hablábamos del tema y yo trataba de inyectarles esperanza, pero no fue suficiente. Se fueron. Emigraron de nuevo en 2007. Otra vez a empezar de cero. Ellos sabían lo que venía… yo no, y no lo quise ver. Siempre creí en el venezolano. Proyecté en otros mi autoconfianza y mi fe. Pero me equivoqué, y duele, duele mucho ver que no fue suficiente creer.

Por último, un mensaje dirigido a los venezolanos que han emigrado:
Ojalá pudiera asegurarles que en un tiempo podrán volver a su país. Que entiendo su partida, que no los juzgo y que, aunque han hecho falta en la lucha, siempre serán bien recibidos en su tierra. Quisiera decirles que eso será pronto, pero no tengo certeza. Venezuela nos ha sorprendido a todos y nos necesita. Trabajen por ella, aunque sea desde lejos. Ella lo agradecerá en cuanto tenga la oportunidad.-

domingo, 6 de septiembre de 2015

El exilio desde adentro - Eileem Anaili

En esta oportunidad, damos la bienvenida a Eileem Anaili, venezolana que comparte con nosotros sus consideraciones acerca de la emigración venezolana.


«Se van tus amigos, la gente que quieres y todos estamos pensando cómo irnos, adónde irnos, cómo hacer para irnos. Tal vez eso sea lo único que todos tenemos ahora en común: las ganas de huir». 


Nombre: Eileem Anaili.
Edad: 28 años.
Profesión: Licenciado en Gerencia de Recursos Humanos.
Nivel de estudios: Universitario.
Lugar de nacimiento: Cumaná, Estado Sucre. Venezuela.
País de residencia: ¿Venezuela?

¿Qué opinas acerca del fenómeno migratorio en Venezuela?  
Es sentido común, ¿quién querría quedarse aquí? ¿Quién no quiere irse a un lugar que pueda ser llamado con todas sus letras, PAÍS?
Ese fenómeno migratorio del que tanto se habla recientemente no es más que la consecuencia de los dieciséis años de política paupérrima que nos ha tocado vivir. 

¿Consideras que es beneficioso o perjudicial para el país?
Beneficioso. ¿Por qué? Sencillo, todos lo que se fueron o queremos irnos no encajamos con el modelo de país ni con las “nuevas costumbres” del venezolano promedio. Entonces sí, es beneficioso para los que se quedarán acá “viviendo” bajo los conceptos que la mayoría escogió y que la minoría tranquilamente aceptó.  

Durante los últimos 16 años, ¿has tenido que despedir a familiares y/o amigos que se han marchado de Venezuela?
Justo hace días me despedí de una de mis pocas amigas, lo hice con la promesa de volver a vernos para tomarnos un café, añade, "pero frío, rebosante de crema batida". El problema es que no me abandona el miedo de pensar que tal vez no vuelva a verla, que las despedidas se vuelven cada vez más definitivas. Quisiera que los “nos vemos pronto” fueran ciertos. 

¿Mantienes el contacto con ellos? ¿Qué opinas acerca de su decisión de emigrar?
Sí, con todos, y los apoyo desde acá. Mis amigos no decidieron irse. A ellos, como a la mayoría, los echaron. Actualmente no conozco a nadie que esté fuera del país porque así lo quiso, sencillamente no había una mejor opción.

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir en Venezuela cuando una parte importante de la juventud desea irse del país?
En Venezuela hace mucho tiempo no se vive, sobrevivir es el término correcto. La vida ya es difícil, pero estando en Venezuela dicha dificultad se triplica, son tantas cosas, tantos miedos, tanta incertidumbre que no sabes a cuál dedicarte primero. Se van tus amigos, la gente que quieres y todos estamos pensando cómo irnos, adónde irnos, cómo hacer para irnos. Tal vez eso sea lo único que todos tenemos ahora en común: las ganas de huir. 

¿Te plantearías irte de Venezuela? 
Es mi plan A, escapar de aquí mientras aún se pueda. No sé cuándo, ni cómo, pero nunca dejaré de intentarlo.

¿Crees que la idea de emigrar y elaborar un plan migratorio resulta fácil encontrándote en Venezuela?  
Es prácticamente imposible, la inflación se come todas las posibilidades de adquirir pasajes o divisas que sirvan como base para poder viajar.  

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por el país? 
La situación se ha convertido en una avalancha, te arrastra y no hay mucho que pueda hacerse al respecto. Hace tiempo depuse mi optimismo con respecto al país, asumí que no está en mis manos cambiar nuestra realidad, sólo puedo hacerme cargo de la mía. Eso ha hecho la estadía un poco más llevadera, aunque aún a veces tenga pesadillas con el tipo que me apuntó con una pistola para quitarme el celular.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años? 
No, nunca me imaginé envuelta en esta situación, pero al país sí. No tenía que ser vidente para que nos diéramos cuenta de todo lo que se venía. 

Por último, un mensaje dirigido a los venezolanos que han emigrado:
Caminen mucho, sin miedo, sean todo lo que acá no pudieron (libres, sobre todo), respeten al país que les da cobijo y por favor, no regresen.-

domingo, 23 de agosto de 2015

El exilio desde adentro - María Celeste Conde

Desde No hay fronteras, los invitamos a leer a María Celeste Conde, venezolana residente en Maracay y quien nos da a conocer su punto de vista acerca de la diáspora venezolana.
 
 
«No me planteaba irme enemistada con el país y ahora me siento un poco de esta forma, como en una relación donde la pareja se separa y en la que se alegan “diferencias irreconciliables”».
 
 
Nombre: María Celeste Conde G.
Edad: 24.
Profesión: Estudiante de Ingeniería civil.
Nivel de estudios: Universitario.
Lugar de nacimiento: Maracay.
País de residencia: Venezuela.
 
¿Qué opinas acerca del fenómeno migratorio en Venezuela? 
Opino muchas cosas, pero principalmente que es injusto; sentirse forzado a dejar tu país en búsqueda de algún nivel de estabilidad, huir de esta perenne incertidumbre, porque así vivimos, en incertidumbre, sin poder hacer planes, en medio del caos. No deseo juzgar a los que se van ni a los que estamos aún aquí, es un tema demasiado amplio y no tengo opiniones concluyentes; por ahora, sólo confusión, decepción y tristeza. Si me voy, no será contenta y eso es lo que más me duele.

¿Consideras que es beneficioso o perjudicial para el país?
Es perjudicial, muchas personas talentosas e inteligentes se están yendo por miedo, por rabia, enemistados con el país, dejan resentimiento aquí y se van con resentimiento.

Durante los últimos 16 años, ¿has tenido que despedir a familiares y/o amigos que se han marchado de Venezuela?
Sí, amigos. Familiares no, hasta ahora.

¿Mantienes el contacto con ellos? ¿Qué opinas acerca de su decisión de emigrar?
Sí, mantengo contacto y respeto su decisión. Todos han tenido razones válidas y basado en que todos son profesionales a los que les está yendo mucho mejor afuera, inclusive con trabajos que no corresponden con su formación en algunos casos, supongo entonces que deben estar, en cierto modo, bien y que en un futuro mejorará su condición y ejercerán sus profesiones cuando se adapten. Eso es mucho más de lo que ahora nos puede ofrecer nuestro país.

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir en Venezuela cuando una parte importante de la juventud desea irse del país?
Dolorosa y confusa, muchos sentimientos encontrados.

¿Te plantearías irte de Venezuela?
Sí.

¿Crees que la idea de emigrar y elaborar un plan migratorio resulta fácil encontrándote en Venezuela? 
Para nada, deseo vivir en algún momento fuera de Venezuela, me lo planteé mucho antes de esto, ha sido un sueño poder estudiar en universidades reconocidas más allá de mis estudios superiores actuales, pero ahora realmente no sé cómo funcionaría. Primero, debo graduarme y luego luchar por una beca, posiblemente.

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por el país?
Vivo con mucha frustración, principalmente conmigo misma y con los que continuamos aquí, veo con mucho dolor cómo somos indiferentes y cómo nos estamos regodeando en la miseria, en la mediocridad. De cierta forma, me siento abandonada por mi propia gente, sobre todo al intentar, desde mi pequeño lugar, de hacer las cosas bien, de la forma correcta y ver cómo todo el entorno está prácticamente en contra de eso.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
Como dije antes, era un sueño antiguo estudiar afuera pero volver y hacer mi vida aquí en Venezuela. Yo quiero vivir en Venezuela, quiero que la gente quiera vivir aquí, no que se queden porque “esto es lo que nos tocó”, no, que realmente amen al país, que tengamos la solidaridad como un verdadero valor, no que nos engañemos con lo “chévere” y no respetemos el trabajo del otro o su simple existencia.
No, no me planteaba irme enemistada con el país y ahora me siento un poco de esta forma, como en una relación donde la pareja se separa y en la que se alegan “diferencias irreconciliables”.

 
Por último, un mensaje dirigido a los venezolanos que han emigrado:
Los extraño mucho y los quiero mucho, siempre.-

domingo, 2 de agosto de 2015

El exilio desde adentro - Gabriel

En esta ocasión, nos escribe Gabriel desde Caracas, quien nos narra sus apreciaciones acerca de la emigración venezolana.
 
 
«Siempre tuve la idea de que mientras la sociedad se mantuviera íntegra y trabajadora, sea cual fuera el escenario político y económico, yo podría seguir aquí y trabajar por Venezuela. Ya no creo en ello, me siento ajeno a mi país».
 
 
 
Nombre: Gabriel.
Edad: 26.
Profesión: Ingeniero químico. 
Nivel de estudios: universitario.
Lugar de nacimiento: Caracas.
País de residencia: Venezuela.
 
¿Qué opinas acerca del fenómeno migratorio en Venezuela?
Creo que es una consecuencia lógica de la situación actual que modificará, en mayor o menor grado, la identidad del venezolano y sus posturas frente al país, cultura y sociedad.

¿Consideras que es beneficioso o perjudicial para el país?
Eso dependerá de cómo el propio venezolano asimile dicho fenómeno: ¿Es beneficioso o perjudicial que un recién graduado  haga vida en un país donde el sector productivo se encuentra totalmente destruido?  ¿Es beneficioso o perjudicial que una empresa  que trabaje y aporte valor agregado a un insumo nacional pierda su capital por malas políticas públicas?  Yo creo que sería una pérdida enorme dejar que nuevos profesionales y empresas se oxiden en un país que no le importa su futuro. La coyuntura en sí podría parecer desalentadora, pero me parece mucho más apremiante estudiar y sacar el máximo provecho a los procesos migratorios. Me considero un ingeniero oxidado, quizás esté equivocado pero esa es mi opinión.

Durante los últimos 16 años, ¿has tenido que despedir a familiares y/o amigos que se han marchado de Venezuela?
Sí.

¿Mantienes el contacto con ellos? ¿Qué opinas acerca de su decisión de emigrar?
En mi caso ocurre algo curioso que yo no sé si se generalice en otras personas; la terrible situación del país ha obligado que de cierta manera  cada quien se enfoque y se ocupe más de su vida, es decir, no existe esa afinidad o camaradería de antes y, obviamente, eso se magnífica si ya te encuentras fuera de Venezuela. Por lo tanto, mantener el contacto ha sido tarea difícil; con familiares es caso aparte.
En cuanto a la segunda pregunta, opino que toda persona que quiera irse está en su derecho; causa impotencia apreciar la frustración de tantos que desean irse y no pueden por las dificultades actuales. Ahora bien, es una decisión que debe pensarse con detenimiento. Mucha gente se apresura y cuando se encuentran en el extranjero reciben un shock tremendo porque pensaban otra cosa de la emigración.

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir en Venezuela cuando una parte importante de la juventud desea irse del país?
Me siento totalmente oxidado. En mi caso, cuando me gradué, tenía muchas expectativas e ideales sobre lo que quería ser, a dónde quería llegar e incluso mi contribución con el país. Así de iluso era. Ahora hasta pensar en una especialización o estudio superior me parece inútil o un arma de doble filo. La empresa privada y pública no busca nuevos profesionales ni los incentiva. Venezuela no aprecia ni cuida a su juventud y eso le pasará factura.

¿Te plantearías irte de Venezuela? 
Me planteo irme de Venezuela.
 
¿Crees que la idea de emigrar y elaborar un plan migratorio resulta fácil encontrándote en Venezuela?
Cuando vives en un escenario tan cambiante como el de Venezuela, armar un plan migratorio resulta hasta ridículo: inflación, pasaje, divisas, legalización de papeles. Pero supongo que desde algo se debe partir.

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por el país?
Siento impotencia al ver cómo mi vida se escurre en la nada. Ya no quiero hacer algo por un país que te trata de maneras tan hostiles, la descomposición social me causa una tristeza terrible. Siempre tuve la idea de que mientras la sociedad se mantuviera íntegra y trabajadora, sea cual fuera el escenario político y económico, yo podría seguir aquí y trabajar por Venezuela. Ya no creo en ello, me siento ajeno a mi país.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
Pensé en varios escenarios similares al actual, mas nunca el del ciudadano conforme y comprensivo ante una cola para comprar comida racionada. Esto es alarmante, atenta hasta contra tu dignidad e integridad. ¿En qué concepto se tiene el venezolano?

Por último, un mensaje dirigido a los venezolanos que han emigrado:
Más que un mensaje es una reflexión:  la decisión de irte o quedarte en tu país no te convierte en un héroe, no te hace más o menos valiente o incluso venezolano. Mantener tu integridad, tus convicciones, respetar tu nombre y el de tu país posiblemente sí.-

domingo, 19 de julio de 2015

El exilio desde adentro - Daliana Torres

Hoy, damos la bienvenida a Daliana Torres, ingeniero venezolana residente en el estado Zulia, quien comparte con nosotros su opinión acerca de la diáspora venezolana y sus consecuencias para el país.
 
 
«Intente no criticar a su país, no desdiga de sus raíces, procure no desdeñar del que se queda. Agradezca al país que le da cobijo y mejoras de calidad de vida».
 
 
 
Nombre: Daliana Torres.
Edad: 40.
Profesión: Ingeniero en Computación.
Nivel de estudios: Universitario.
Lugar de nacimiento: Venezuela, Estado Zulia.
País de residencia: Venezuela.

¿Qué opinas acerca del fenómeno migratorio en Venezuela? 
Como proceso social: natural.
Como consecuencia: fatal.
La sociedad tiene derecho a buscar mejoras en la calidad de vida si un país no se la ofrece. Sin embargo, si ese país no la ofrece a millones de sus habitantes
, es un asunto grave de estado. Si la diáspora venezolana es consecuencia de un mal manejo de gobierno y por ende del estado: grave.
Si el proceso migratorio correspondiera a un equilibro en la cantidad de personas que salen y entran, digamos que es natural y plausible. Sin embargo, el proceso migratorio venezolano es unidireccional: quienes se van, no regresan.

¿Consideras que es beneficioso o perjudicial para el país?
No soy, lo que llamo, "optimista de profesión", no soy la que le ve a todo el lado positivo, que hay cosas que parecen no tenerlo. Sin embargo, sería capaz de ver lo positivo de este asunto:

- Cuando el proceso migratorio es visto desde el punto de vista de exposición del talento, parecería beneficioso que el mundo comience a convivir con el talento venezolano.
- Cuando el proceso migratorio es visto desde el punto de vista de intercambio cultural, parecería beneficioso salir a ver culturas en franco crecimiento y emularlas desde el yo.
 
No obstante:

- Cuando avisas que el talento que se va, no ha de regresar y que era el que podía echar a andar el país, comienzas a ver un país sin talento y sin oportunidades de crecimiento.
- Cuando avisas que pese a tener un alto índice de gente talentosa, crees que es tan o más alto el índice de gente sin valores, comienzas a ver que ese intercambio cultural sólo nos dejará mal parados.
- Cuando comienzas a ver que si, incluso, quienes se han ido puede imitar otras culturas mejores y más desarrolladas socialmente, comienzas a creer que de nada sirve porque no regresarán al país de origen.

Por ende, la balanza se inclina: resulta perjudicial.

Durante los últimos 16 años, ¿has tenido que despedir a familiares y/o amigos que se han marchado de Venezuela?
Me temo que en este año continuaré haciendo crecer esa lista.
 
¿Mantienes el contacto con ellos? ¿Qué opinas acerca de su decisión de emigrar?
Sí. Fue estupenda.
 
¿Cómo está siendo la experiencia de vivir en Venezuela cuando una parte importante de la juventud desea irse del país?
Un constante jaleo entre la esperanza y la desesperanza. Un constante ir contracorriente entre creer en el país y su gente y no creer en la gente. Me encuentro actualmente empleada en una firma comercial venezolana en franca creatividad, con pasión por su trabajo pero sin esperanza. Una pelea ruda.

¿Te plantearías irte de Venezuela?
Sin duda.
 
¿Crees que la idea de emigrar y elaborar un plan migratorio resulta fácil encontrándote en Venezuela? 
No. No sólo no resulta fácil, sino que resulta muy difícil cuando menos imposible. Y en este caso, vuelvo a la primera pregunta.
 
¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por el país?
¿Cierta? Absoluta, más bien. ¿Ganas? Ya no lo sé. Ya siento que hice mucho, tal vez desde la ignorancia, o la esperanza, o la credulidad, o la inocencia. Es hora de hacer ya por mí, por mi hija, mis padres y mi hermano. Sin embargo, considero que hago por mi país cuando le hablo a las personas con quienes tengo la oportunidad de trabajar día a día de otros países, de lo que los venezolanos somos capaces de hacer. Hago por mi país cuando me mantengo en él. Hago por mi país educando a mi hija en mis valores o en mejores valores que los que poseo. Hago por mi país aún.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
No. Viene a mi mente la lectura del libro "Paula", de Isabel Allende (autobiográfico), donde ella narra la Venezuela a la que llegó, inmensamente pujante y próspera. Viene a mi mente mi estancia de dos años en Colombia, Medellín (durante el año 2011), cuando mis paisas me decían que hacía años que ellos veían a Venezuela como el lugar ideal para irse a estudiar, a hacer carrera y probablemente dinero. Obviamente, mi respuesta a esta interrogante es no.
 
Por último, un mensaje dirigido a los venezolanos que han emigrado:
En Venezuela, probablemente son ejemplo.
En el país a donde usted vaya, sea ejemplo.
¿Se fue? Intente no criticar a su país, no desdiga de sus raíces, procure no desdeñar del que se queda. Agradezca al país que le da cobijo y mejoras de calidad de vida. Intente no parecer un drama con piernas en la añoranza del país que deja. "Éxito".-

martes, 7 de julio de 2015

El exilio desde adentro - Claris

Hoy los invitamos a leer la opinión de Claris, caraqueña que nos narra su punto de vista acerca del fenómeno migratorio venezolano.
 
 
«Venezuela merece más amor; por el momento no queda más que amar en la distancia».
 
 
Nombre: Claris.
Edad: 40.
Profesión: Comunicador Social.
Nivel de estudios: Universitaria.
Lugar de nacimiento: Caracas.
País de residencia: Venezuela.

¿Qué opinas acerca del fenómeno migratorio en Venezuela? 
Una necesidad para poder cumplir con un proyecto de vida personal; ya es imposible que alguien de clase media baja o de clase baja mejore su calidad de vida.
 
¿Consideras que es beneficioso o perjudicial para el país?
Perjudicial, porque quienes están emigrando son los cerebros estratégicos del país en todas las áreas, sobre todo mucho talento joven que debería tener la oportunidad de desarrollarse aquí en un ambiente menos hostil.
 
Durante los últimos 16 años, ¿has tenido que despedir a familiares y/o amigos que se han marchado de Venezuela?
Si, ya se volvió un hábito.
 
¿Mantienes el contacto con ellos? ¿Qué opinas acerca de su decisión de emigrar?
Sí, la tecnología permite el contacto. Pienso que fue lo mejor que pudieron hacer, al menos ahora tienen tranquilidad al caminar por la calle, porque no es un tema netamente económico, sino de seguridad social en todos sus aspectos.
 
¿Cómo está siendo la experiencia de vivir en Venezuela cuando una parte importante de la juventud desea irse del país?
Con mucha desesperanza, además los jóvenes que no pueden irse entran en depresión, no hay cifras oficiales pero por mis redes profesionales, sé que ha aumentado el suicidio por ejemplo, en adolescentes y juventud temprana.

¿Te plantearías irte de Venezuela?
Sí, es un plan cercano, nunca pensé que sería posible, pero sí quiero tener un techo propio y consolidar mi proyecto de vida, el país ya no me da opciones ni para comprar un carrito pequeño. Cada vez somos más pobres.
 
¿Crees que la idea de emigrar y elaborar un plan migratorio resulta fácil encontrándote en Venezuela? 
No, no lo es, todo es difícil hasta para irse; resulta
, por ejemplo, que para poder legalizar tus documentos de estudio necesitas más de seis meses de gestión; se suma a que no hay pasajes de avión. Tenemos una frontera cerrada de manera muy elegante. ¿Democracia?
 
¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por el país?
Sí, y más que frustración es un profundo dolor. Ver ancianos haciendo cola para comprar alimentos, ver madres angustiadas sin las medicinas de sus hijos o pañales; saber que a los pacientes oncológicos se les ha reducido la esperanza porque no hay medicamentos. Esto es una tragedia. Por el país hago cosas todos los días, mi trabajo es llegar a las empresas para promover trabajo en equipo y fomentar la paz; activar los factores de protección psicológicos para que las personas estén, medianamente sanas para amar a su familia. Aun así, la realidad nos acorralada.
 
¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
No, jamás pensé que vería quebrarse el país en la miseria, la división social, la violencia y la ausencia de instituciones que nos protejan.
 
Por último, un mensaje dirigido a los venezolanos que han emigrado:
Que los abrazo como si fuese un año nuevo, que no se rindan ante las diferencias culturales. Avanzar requiere de entusiasmo y valentía; que recuerden que a donde vayan son embajadores venezolanos, por lo tanto la actitud y estilo de vida debe ser digno, para demostrar las razones de base por las cuales aquí no se pudo seguir viviendo más; en lo posible estimular la unión de la colonia venezolana donde se encuentren y no dejar de decirle al mundo todo lo que nos sucede, a ver si en algún instante la opinión del mundo influye sobre nuestro difícil momento.
Y si en sus corazones está la posibilidad de volver cuando esto mejore, vengan a reactivar el país que los vio nacer, Venezuela merece más amor; por el momento no queda más que amar en la distancia. Esta tierra ha sido generosa siempre, yo deseo que quien ande por el mundo con nuestro gentilicio también sea generoso para servir y luchar en nombre de la paz.-

domingo, 21 de junio de 2015

El exilio desde adentro - Mariana Goudeth

Continuamos con la labor de publicar en nuestro blog el sentimiento que une a una gran cantidad de venezolanos que manifiestan sus inquietudes y apreciaciones con respecto al fenómeno migratorio actual. Y es así como en el 2015, re-inauguramos esta sección con el testimonio de Mariana Goudeth.
 
 
«Pasamos de ser un país receptor de extranjeros a ser un país del que la mayoría quiere huir».
 
 
Nombre:  Mariana Goudeth
Edad: 27
Profesión: Contador público
Nivel de estudios: Universitario
Lugar de nacimiento: Puerto Ordaz
País de residencia: Venezuela
 
¿Qué opinas acerca del fenómeno migratorio en Venezuela? 
Nos han hecho mucho daño y estas son las consecuencias. Pasamos de ser un país receptor de extranjeros a ser un país del que la mayoría quiere huir. Es deprimente el deterioro hasta de la belleza natural. Venezuela es un país descuidado y maltratado que ya no puede más y su gente lo sabe; por lo tanto, si queremos tener una vida normal tenemos que aterrizar nuestros sueños en otras latitudes, dolor de por medio.

¿Consideras que es beneficioso o perjudicial para el país?
Sin duda alguna, perjudicial. No sé si algún día Venezuela volverá a ser la de antes. Hemos pasado por tanto, todos los días sucede algo que nos golpea directo a las ganas de seguir luchando y el futuro está quedando en manos de jóvenes que tienen la edad de este proceso que nos ha llevado a la destrucción y que no conocen nada más que lo que estamos viviendo.  Entonces, ¿qué nos espera?

Durante los últimos 16 años, ¿has tenido que despedir a familiares y/o amigos que se han marchado de Venezuela?
Sí, la mayoría entre el año pasado y lo que va de este.

¿Mantienes el contacto con ellos? ¿Qué opinas acerca de su decisión de emigrar?
Afortunadamente, puedo mantener contacto diario con ellos gracias a las redes sociales. Con respecto a su decisión de emigrar, creo que fue lo mejor que pudieron haber hecho. Aunque duela.

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir en Venezuela cuando una parte importante de la juventud desea irse del país?
Es frustrante. No se pueden hacer planes porque nada es fácil. Con cada paso que das, exigen tanto o más que
los hechizos de las brujas de cuentos: pelo de rana, sangre de unicornio, piel de elefante rosado... Requisitos absurdos sólo para trabar tus trámites y hasta tu vida diaria. La inseguridad en el país da pánico, sales a trabajar en la mañana sin saber si vuelves. La inflación, la escasez... ¿Qué ganas va a tener un joven recién graduado de trabajar para jamás tener la oportunidad de comprarse una casa o un carro? ¿Qué metas va a cumplir? ¿Quién quiere pasar su vida haciendo colas por un paquete de harina? ¿O con la famosa premisa “como vaya viniendo, vamos viendo”? Vivir en Venezuela es vivir en constante estrés.

¿Te plantearías irte de Venezuela?
Ya lo hice y actualmente me encuentro en los benditos trámites.

¿Crees que la idea de emigrar y elaborar un plan migratorio resulta fácil encontrándote en Venezuela?
¡Qué va! Me ha costado una y parte de la otra. Por ejemplo, conseguir el pasaje a un precio que no me quiero ni acordar, la cita para legalizar los documentos, vender mis cosas y el Cadivi (Sistema de adquisición de divisas). No es fácil, hay que ser muy fuerte tanto para quedarse como para irse.

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por el país?
Totalmente impotente. Por el país no sé si queda algo por hacer. Y si queda, a mí no me quedan ganas.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
No. Me sorprendió porque yo vivía más o menos bien y de repente esa situación cambió. 

Por último, un mensaje dirigido a los venezolanos que han emigrado:
Recuerden por qué tomaron esta decisión, si llegaron hasta sus respectivos destinos, no hay nada que no puedan hacer, excepto volver.-

viernes, 12 de junio de 2015

[El exilio desde adentro] El país en ninguna parte. La cicatriz del gentilicio - Aglaia Berlutti

Hace unos días, un amigo chileno me envió una fotografía de su fiesta de cumpleaños: sentado en el suelo de su nuevo apartamento en Santiago de Chile, sonreía, rodeado de una silla vacía y una mesa. La imagen me desconcertó. Hace seis meses emigró desde Venezuela y esta es la primera fecha familiar que pasará a solas. Me pregunté si eso era lo que quería mostrarme con la imagen o si se trataba de alguna metáfora más profunda.
 
— Es un poco Tierra arrasada — le comenté, incómoda. Sacudió la cabeza desde la pequeña pantalla del Skype. — Es el mejor día de mi vida. — ¿Por qué? — ¿Ves todas esas cosas allí? — le mostró la fotografía a la web cam. La había impreso y puesto en un pequeño autorretrato de metal — son fruto de mi trabajo. Lo logré en seis meses. Son mías. Ninguna ley vendrá a confiscármelas, expropiármelas. Ningún malandro vendrá a robármelas. Ningún resentido me insultará por tenerlas. Son mis cosas, ganadas con mi esfuerzo. Eso celebro.
 
Silencio. Conozco bien la historia de mi amigo: hace dos años, la empresa donde trabajaba fue expropiada por “interés mayor” del Gobierno Venezolano. Catorce meses después, fue asaltado y golpeado por dos desconocidos que robaron su portátil, teléfono y también su automóvil. Un mes antes de irse, una de sus vecinas, una ferviente militante chavista, le llamó “hijo de burgueses” en medio de una discusión corriente sobre gastos comunitarios y le arrojó agua caliente en la cara. Al día siguiente, cuando fui a visitarle, preocupada por su salud, me habló por primera vez de sus viajes de emigración. Hasta entonces, mi amigo había confiado — a medias y con cierta preocupación — en una posible mejoría de la situación política y económica del país. Pero esa tarde, con el rostro hinchado y una ampolla de aspecto doloroso en la mejilla derecha, dejó de hacerlo.
 
— ¿Pero a donde vas a ir? — le pregunté. Se encogió de hombros. — A un país normal.
 
Mi amigo dejó atrás un oferta de trabajo cuantiosa, sus padres e incluso a su novia de cuatro años, que decidió no acompañarle a la aventura. Llegó a Chile sólo con el titulo Universitario bajo el brazo, unos pocos ahorros y la promesa de amabilidad y solidaridad de unos cuantos compatriotas. Las primeras semanas, durmió en el sofá de uno de ellos y comió sólo dos veces al día — “hay que ahorrar” me comentó en nuestras breves conversaciones por entonces — y usó la misma ropa varias veces a la semana. Dos meses después, logró obtener una vacante en una pequeña oficina de la ciudad de Santiago. Cinco meses después, pudo mudarse a un apartamento propio.
 
— Comprar una silla y una mesa, no se te olvide eso cuando escribas sobre mi historia — me comenta entre risas. Se le ve más delgado, mucho más adulto pero sobre todo, un hombre que recuperó la autoestima, la confianza en su capacidad para trabajar y creer en el futuro. No sé como responder a eso sin sentirme emotiva, frustrada, asustada, descorazonada. De pronto descubro que la vida en Venezuela, está muy lejos de esas pequeñas satisfacciones, de esas celebraciones cotidianas que dejaron de formar parte de lo corriente casi una década atrás.
 
A veces pienso que los Venezolanos que actualmente rozamos la treintena, somos la última generación que aspiró al futuro en el país. Fuimos quizás, los últimos que asumimos a Venezuela como una posibilidad a construir. Que pensamos en ahorros, en bienes y propiedades como elementos concretos de nuestras aspiraciones personales. Es un pensamiento que te hiere, que te deja a mitad de camino entre el temor y algo más amargo. Y es que cuando comprendes que gradualmente perdiste la capacidad para la esperanza, que el país donde naciste te la arrebató casi por completo, comienzas a cuestionarte sobre cómo sostener el gentilicio como bandera. Como idea esencial de ti mismo. Incluso como reflejo de lo que deseas y sueñas.
 
Unos días más tarde le comenté a Paula (no es su nombre real) sobre la anécdota de mi amigo Chileno. Le hablé sobre la sensación de desarraigo que me produjo la conversación y sobre todo, la profunda tristeza de asumir que la situación Venezolana aplasta cualquiera de mis aspiraciones o al menos, la manera como las comprendo e intento construirlas. Paula es psiquiatra y durante los últimos meses, dedicó buena parte de su tiempo al análisis sobre el efecto emocional que provoca la oleada de emigraciones en la psiquis Venezolana. Un tema confuso, complejo y que sobre todo, es imposible cuantificar de inmediato. Tal pareciera que el dolor de la pérdida, el duelo y el apego están creando una herida nueva en el rostro de un país castigado por la desazón.
 
— Es normal que sólo entiendas el nivel de anormalidad de lo que se vive en Venezuela una vez que entras en comparaciones con otros lugares del mundo — me explica — el fenómeno que ocurre en Venezuela de normalización de la crisis suele ocurrir en momento muy álgidos en la historia de las sociedades y países. En el caso Venezolano, atravesamos una situación que se ha hecho progresivamente más dura e insoportable. Más cruda. Y nos hemos acostumbrado a ella en la misma medida. Soportamos cosas que antes nos parecían impensables. Y seguramente, seguiremos haciéndolo.
 
Tiene razón: durante los últimos quince años, la crisis no sólo se ha convertido en un espiral cada vez más intricando sino que además, ha hecho que la mayoría de los Venezolanos, asumamos que resistir es una manera de conservar cierta cuota de normalidad. Desde las restricciones de horario y movimiento fruto de la inseguridad hasta la escasez, la crisis se ha convertido en un estilo de vida, en una manera de elaborar ideas sobre nuestro cotidiano y la forma como asumimos el miedo. Poco a poco, asumimos la anormalidad como una estructura comprensible, nos amoldamos a ella, la matizamos con justificaciones y excusas. Nos resignamos quizás a lo inevitable del deterioro.
 
Mi amiga J. lo descubrió hace unos meses durante un viaje familiar a Canadá. Me cuenta que le sorprendía lo cotidiano, esa línea de lo común que en otros países se sostiene sobre el bienestar y la tranquilidad de los ciudadanos. Situaciones comunes como comprar en supermercados, caminar a altas horas de la noche, comprar un teléfono celular, le desconcertaron por el mero hecho de haberse hecho inaccesibles en Venezuela. Pero sobre todo, porque de alguna manera, llegó a asumir que ya no formaban parte de su día a día. El pensamiento la lastimó como pocas cosas lo habían hecho en quince años de crisis política progresiva.
 
— ¿Sabes las fotos de Venezolanos en Supermercados? — me dijo después — me reí mucho de ellas, después me molestaron, por último me parecieron humillantes. Pero cuando te sorprende la prosperidad, la bonanza, cosas tan cotidianas, sabes que algo está ocurriendo. Que no se trata del país, se trata de ti mismo. Que lo asumiste, lo comprendiste como parte de tu vida. Eso es traumático.
 
Sin duda lo es. Paula, la psiquiatra, suele insistir que los cambios anímicos, psiquiátricos y emocionales del Venezolano están creando una generación mentalmente exhausta. Me habla sobre el hecho que la mayoría de los Venezolanos sufren de un cuadro clínico de estrés muy pernicioso. Desde la incapacidad para manejar la pérdida, el terror, el miedo, la incertidumbre hasta el hecho que simplemente, no pueden lidiar con la desesperanza.
 
— El Venezolano se acostumbró al terror, al miedo y al vivir al día. Eso te produce una especie de cuadro perpetuo de angustia insuperable. Nada está seguro para ti. Ni lo que tienes ahora o lo que tendrás. Una idea que resulta insoportable, abrumadora. Directamente desmoralizante y al final destructora. El obstáculo llega, lo superas. Lo minimizas. Lo incorporas a tu vida. — Es una especie de ciclo que no termina ¿entonces? — le pregunto. Paula suspira. — No sólo no termina. Se hace cada vez más complicado, complejo y duro.
 
Lo pienso, mientras mi amigo Chileno me habla del lento proceso de readaptación que vive en Chile. Usa esa palabra para definirlo, “readaptación”. Como si luego de sobrevivir por años a un conflicto que fue incapaz de comprender y atravesar, ahora atravesara el largo trayecto de recordar como aspirar a la normalidad. Me cuenta la sensación de sobresalto que aún le produce caminar por las calles una vez que anocheció, la sorpresa que le produce la variedad del abastecimiento en locales y establecimientos comerciales. La relativa calma y tranquilidad que forma parte de la vida cotidiana en la ciudad donde vive. Pero no se trata únicamente de lo cotidiano, sino de algo más complejo y profundo que solo advirtió una vez que comenzó a cuestionarse sobre lo que había vivido en Venezuela. Esa noción de comprenderse como un hombre útil y capaz, de asumir el valor de su trabajo y esfuerzo. E incluso, del mero hecho de considerarse libre.
 
— ¿Sabes lo que es saber que puedo hacer lo que quiera? ¿Decir lo que quiera? ¿Que la ley me ampara? ¿Que tengo los mismos derechos cualquiera sea mi pensamiento político? ¿Que de hecho NO tengo que opinar políticamente para nada? ¿Que puedo mirar a otra parte de mi vida sin tener que planteármela desde algún discurso ideológico, algún proceso político?
 
Sacude la cabeza desde la ventana del Skype. De pronto, parece preocupado, desconcertado. Pero después descubro que sólo se encuentra triste. Un tipo de dolor profundo y sin nombre que yo conozco muy bien.
 
— Me botaron de mi país a patadas. Ni siquiera sabía como me había afectado eso hasta que simplemente lo asumí. A patadas, porque no pude soportar el caos, el todos los días insostenible. Esa angustia que no cesa nunca.
 
Lo vivo a diario. Hace diez años, incluso un poco menos, me habría resultado impensable hacer una fila durante horas para comprar productos de primera necesidad. O incluso, el mero hecho de resignarme a no llevar a cabo un viaje por el simple hecho de resultarme inalcanzable. Pero hablemos de cosas incluso más simples, nada que tenga que ver con el estatus económico o aspiraciones de motilidad social. Hablemos de comprar un libro, comer la comida que me gusta, llevar la ropa que quiero. Incluso algo tan intimo como ejercer mi profesión como lo deseo y la manera que quiero. Comprar equipo tecnológico que me permita madurar como fotógrafo. Acceder al tipo de educación que sueño para llegar al nivel de expresión artística que siempre soñé. Cualquiera de esas posibilidades no existen en Venezuela, no son viables. Están reñidas con esa lucha directa con la Pirámide de Maslow que me deja exhausta y desgastada luego de quince años de enfrentarme a ella.
 
Pero más aún, la situación está en todos los ámbitos, en todas las situaciones. Hace poco alguien en mi Facebook incluyó una fotografía de una comida campestre: una parrillada al aire libre. Había todo tipo de cortes de carne, de bebidas alcohólicas, pan, frutas. Había un grupo de adultos de mi edad reunidos alrededor del fogón riendo. Y de pronto, me pregunté cuándo era la última vez que yo había hecho algo semejante. Cuándo había podido disfrutar de una ocasión semejante, sin preocuparme por la serie de pequeñas implicaciones que supone en Venezuela una situación cotidiana. Sin preocuparme por la escasez, la austeridad, la posibilidad de la inseguridad, la violencia. De reír simplemente entre amigos, disfrutando de una buena comida. Así de simple. Así de limitadas son las opciones que vive las consecuencias de una guerra que jamás sucedió, que no llegó a ocurrir en realidad pero de las cuales vivimos las consecuencias.
 
Porque hablamos de incertidumbre, en un país donde no hay nada seguro. Ni mi futuro, ni mi integridad física, mis aspiraciones, esperanzas, lo que deseo lograr, lo que hago diario. Hablamos de una situación que te arrebata todas las opciones, que te obliga a renunciar a tantas cosas como en una lenta caída de pequeñas máscaras que hasta entonces no sabías que llevabas puestas. Una y otra vez se trata de renuncias, de pequeñas batallas perdidas. De pequeñas aspiraciones rotas que no logras recuperar ni calzar en ningún lugar.
 
— Yo me negué a seguir asustado por lo que pudiera ocurrir después — me dice mi amigo en voz baja — quizás eso me haga un cobarde, un apátrida o simplemente, alguien que no maneja las mismas opciones de la mayoría. No pude más con Venezuela, no pude continuar justificándola. No pude continuar creyendo que podía renacer de sus cenizas.
 
Sacudo la cabeza, no sé que responder. Aprieto los labios mirando por la ventana de mi estudio. No es la primera vez que escucho esas palabras. Es una de las tantas frases sueltas que describen una situación insostenible. De las miles de formas que adopta la crisis económica, política e incluso social en Venezuela, de todos sus rostros. Porque ya no hablamos sobre el dolor de un país rojo, de la huida, de las puertas cerradas, de las limitadas opciones. Hablamos que Venezuela sólo es un recuerdo, una historia que se narra. Una idea que ya no existe. Un país arrasado.
 
Continúo pensando en eso unas horas después. Despierta, en la oscuridad, no puedo dormir. Y de pronto, tengo la sensación que la realidad de Venezuela está en todas partes, que me agobia incluso cuando no lo admito, cuando no lo acepto. Que simplemente también soy una víctima, soy otro de los tantos Venezolanos que comienzan a mirarse como una pieza rota sin un lugar donde encajar. Y me pregunto, hasta cuándo podré sobrevivir — así, llanamente, es lo que hago cada día — y si alguna vez, esa necesidad de sobrevivir dejará de ser suficiente.
 
C’est la vie.
 

domingo, 8 de marzo de 2015

Goodbye Caracas - Manuela Zarate

En estos momentos alguno de ustedes está haciendo un inventario mental de sus posesiones, talentos y posibilidades. Alguno está llamando a una embajada, un primo o un conocido que tiene varios años con una arepera, un restaurante, una bomba de gasolina, una distribuidora o algo que se le parezca. Alguno está en plena entrevista, en plena negociación, en plena búsqueda. Alguno está con trámites, documentos. Alguno organiza una venta, busca a un señor que vende carros y habla con un corredor inmobiliario. Alguno se sienta y vuelve a revisar la tabla de Excel y saca cuentas, tantos meses, tantos gastos, lujos menos, tantas limitaciones, otras libertades. Alguno saca también la cuenta emocional, pero esa pesa menos frente a lo que vivimos. O tal vez eso se dice, para no sufrir tanto. Alguno escucha una historia, o vive algo, mira una cara, siente una explosión de adrenalina, y se convence, si es que ya no lo estaba.
 
En este momento alguno de ustedes planea o ejecuta la emigración.
 
En estos momentos alguien los escucha o los lee. Cuelga el teléfono o apaga una pantalla. Mira su cuarto, su oficina, ¿qué harías con esos arbolitos de madera? No te cabría todo en las cajas. Recibe una llamada de su mamá y piensa, menos mal que mis viejos no se han ido. Igual uno se siente solo. Porque del colegio sólo quedan dos, de la universidad no queda ninguno, al menos no de los más cercanos, porque el vigilante del edificio sacó a su familia a Colombia, porque alguien en el trabajo renunció, porque en salón de los niños este año no regresan todos, porque aquella maestra que soñábamos con que le diera clases a nuestros hijos también ahora escribe desde Canadá.
 
En estos momentos alguien recuerda que olvidó el cumpleaños de un ser querido que está lejos. En estos momentos alguien recuerda que no ha llamado a fulano que está a siete mil kilómetros, quedamos en hablar por Skype, pero cuando yo puedo él no está, cuando él puede yo estoy con todo ardiendo. Lo que me pasa no lo puedo contar por Whats App. Y siento la distancia. Me muerde. Me pesa. Y no quiero hablar. ¿Para qué? Es demasiado vasto lo que la voz tiene que recorrer. Es mentira que se siente como si estuvieras aquí mismo. Es mentira. Ahora al menos, no. Ahora lo quiero todo. La presencia y el contacto y mira que yo no soy de estarme pegando a la gente que quiero.
 
No hay cómo describirlo. Uno siente que perdió una parte de sí mismo. La vida que se queda atorada en algún momento, como esa vez que te apareciste en el velorio del papá de ese amigo con quien no hablabas tanto, pero visto el obituario y en nombre de eso que fuiste te  presentaste, y no sabes qué te pasó, ni que habrán pensado los tíos lejanos que te creías, pero se te aguaron los ojos y tuvieste que enjuagártelos cuando lo abrazaste. Porque nos ponemos viejos, y te diste cuenta de que los más cercanos estaban en Panamá, o en República Dominicana y él te contó lo surreal de un grupo que se llama Papá de X, sabes para saber cómo estoy, acompañarme, es raro, pero es una forma.
 
¿Y qué pasa con lo demás? Las partidas de poker. Los almuerzos de los viernes, ese que llaman el almuerzo adeco porque dura horas e incluye alcohol.  Esa primera comunión a la que fuiste a cumplir, pero donde al menos sabías que habría una cara conocida. Alguien a quien decirle, yo no conozco a nadie aquí. Las tardes en casa de esa amiga. Los niños jugando, aquel chiste. Por enésima vez el mismo chiste. Una risa fácil, sin importancia, una duda sobre la vida, sobre la maternidad, sobre la pareja, sobre uno mismo. Un empuje a hacer dieta o esa amiga que siempre trae una tentación para hacernos engordar. Los clubes de lectura, las recetas improvisadas, los datos sobre dónde comprar ese quesito, las molestias ocasionales, los desencuentros temporales, las torcidas de ojo, las reuniones improvisadas, las borracheras, lo bailado, lo reído, la forma tan fácil como los amigos se ríen de nosotros y nos invitan a reírnos de nosotros mismos. Esa caricatura que hacen de uno, que te sirve como espejo para no tomarte tan en serio.
 
Ese saber que  no estás sólo. 

De pronto eso ya no está. Ha cambiado y ha mutado. Porque quienes le daban vida se han ido. El teléfono no suena para lo mismo. La agenda está como la calle, vacía a partir de cierta hora.   Ves el directorio de teléfono sin saber  qué nombre apoyar, ni qué decir. ¿Es que fulano sabrá que si yo no llamo no es que no lo quiero, es que yo soy así? Porque sabes que varias fronteras más allá hay alguien que entiende perfecto que tu distancia no es tu desdén.
Lo que más me duele es sentirme en este lugar cada vez más desierto.

Así que les pido, a todos ustedes, a mis amigos, a mi familia, si se van, vamos a jugar a GoodBye Lenin: Goodbye Caracas. Me van a decir que lo están pensando pero que no se han decidido. Me van a decir que celebre mi cumpleaños, cuando llegue me dirán que no fueron porque les dio dolor de barriga. Me escribirán para decirme que en tal mercado hay leche, no importa, cuando yo llegué tal vez no haya, pero le echaremos la culpa al gobierno. Me dirán que hace calor o que qué bello el Ávila hoy, porque en Caracas todo eso es verdad en algún momento del día.
 
Me dirán que el periódico no dice nada. Que no pudieron irme a visitar por el tráfico. Que almorzamos la semana que viene. Que en estos días salimos a cenar. Me dirán que están viendo a dónde se van de vacaciones, pero que está duro conseguir pasajes. Me dirán que les encantaría estar en mi club de lecturas, pero que les queda lejos, igual me contarán del libro. Hablaremos vía Twitter, vía Facebook, vía Instagram como si estuviéramos aquí. Yo les pido monten toda la parafernalia de que no se han ido. Pídanle a alguien que prenda las luces de su casa, al menos de vez en cuando, y si yo paso por ahí les voy a escribir. Aquí estoy, no subas tengo un gripón. Con eso yo me alejo. Cuéntenme un chisme, como si estuvieran aquí, y díganme sí, que lo vieron con sus propios ojos. La gente dice mentiras todos los días, esas no salen tan caras. En serio que no. Díganme que planean una fiesta, que luego se cayó por cualquier cosa y de nuevo le echaremos la culpa al gobierno.

Vamos a jugar a Goodbye Caracas. Tarde o temprano tocará ver la estatua del pasado caído volando por la ventana. Pero por ahora necesito que sea más tarde, este tsunami de adioses me está ahogando.
 

martes, 6 de enero de 2015

Balada para el emigrante venezolano - Jesús Torrivilla

Estos últimos días me ronda la pregunta de si nuestra situación es tan difícil, tan arrecha, si son tan pocas las oportunidades y tan oscuro el presente como para que hayamos decidido que la respuesta a la crisis venezolana sea una sola: irnos del país. Lo digo porque día a día me quedo sin amigos. De esos que llamas a cualquier hora para verlos en la casa. No a los que te encuentras en una fiesta sino con los que vas. Con los que se cuenta la historia de tu vida.

Los veo arreglar sus cosas, armar cajas, regalar libros.

Empezando por mi hermano y, de ahí en adelante, pues todo el mundo, como en una versión invertida de Corman McCarty: No country for young men.

Los dejas ir.

Entiendes que el viaje ya ha ocurrido. Es, como dice mi amiga Patricia Anuel, el final de temporada, toca barrer con el casting, cambiar de locación, True detective. Vienen otras casas, otros desiertos, con suerte otros jardines.

Pasa que a la mayoría les va bien. Son de todas las profesiones, talentosísimos, además, porque son tus amigos. Los ves, los escuchas, y sientes que se han realizado de una forma que no les hubiese sido posible en Venezuela, donde nos contentamos cuando encontramos en la estantería algún cepillo de dientes moderno, por hablar solo de estupideces. Alquilan sus apartamentos, viajan en bicicletas, estudian lo que quieren, con otras posibilidades. Algunos están más solos, pero te preguntan siempre: “¿y cuándo vas a salir tú?”. Como si les escribieras, inmóvil, desde un pantano y ellos saludando, desde las copas de los árboles.

Empieza la extraña nostalgia digital. Fotos, de pronto alguna angustia, un mensaje privado. Empezamos a acumular un stream internacional de estaciones, fríos opuestos, corresponsalías sentimentales. Son muchos: los académicos, los turísticos, los hipsters, los introvertidos. Los que escriben como si estuviesen en una peña en la plaza Altamira. Tazas de café, bares insólitos, otoños. Amigos de otros tiempos, cuyas apariciones suman tristezas al lado azul de la nostalgia. Provoca no tenerlos allí, para escribirles con más frecuencia.

Yo sentía que mi espacio para nuevos afectos era poco, pero veo que tendrá que ser mayor. La amistad también es dependencia y la distancia se parece demasiado a la orfandad.
 
Los veo irse, organizar almuerzos, congelar proyectos, renunciar a sus trabajos y pensar en nuevos. Yo también lo he hecho. Da lo mismo, pienso, ya que todos se han ido, irse también. Sin ellos, esta no es la ciudad que conocimos. Por eso saludamos otras.

Arman sus dos maletas, es todo. Allí se llevan sus veinte años. Queda pensar, durante los próximos, en el afuera que los expulsó.

Dice Santiago Gamboa que nadie se hace (escritor) hasta que sale de casa, hasta que lee, hasta que viaja. Lo estoy parafraseando. Pero así parece desde Caracas. Desde el país con la inflación más alta del mundo y las veinticinco mil muertes violentas al año. Nos pusimos de acuerdo y durante los últimos treinta nos dedicamos a resquebrajar nuestras casas a fuerza de machetazos. Vámonos.

Porque somos pobres, inclusive los que hemos crecido con privilegios. Los que hemos podido estudiar en universidades privadas y viajar. Pobres bienaventurados, como dice Alejandro Castro, porque nunca sabremos “que detrás de la montaña sigue el mundo, tal como lo conocemos”. Esa es, precisamente, la impresión que da cuando los panas aterrizan en otros aeropuertos. Que han llegado al mundo que se merecen.

Venezuela fue un simulacro, el breve privilegio de estar juntos.

Basta cambiar nuestros sueldos a una moneda extranjera para darnos cuenta de que no hemos hecho nada. De que podemos ser la nueva atracción del continente. La isla fosilizada en la que “un médico gana 50 dólares al mes”. Cambiamos barbas por bigotes, las aceras seguras de occidente por un eje del buen vivir. Tenemos el enorme privilegio de ser el idilio de una okupa berlinesa, un catalán enfurecido, un negro de Harlem con un sueño. Vendrán y dirán que los barrios están organizados, que la gente hace colas heroicamente para derrotar el consumo, camarada Lemebel, en este pedacito de cielo rojo. Verán nuestra ciudad en ruinas y dirán que sobre ella se construye un parque, que ellos podrán ver de regreso a casa en un betamax comprado en una feria vintage, libando vino de a euro.

Está bien albergar ese sueño. Son tiempos interesantes. Puede venir acá si pensaba que después del año ochenta y nueve no había más historia. Venga a ver cómo es que se moría de SIDA. Anótense en la lista para que les den cátedra de economía eterna. La plata nueva y la vieja se confunden en el ciclón del dinero venezolano. Venga, pruebe usted, qué se siente comprar dinero caro con dinero barato, vea obrar el milagro venezolano. Hágase una piscina con baldosas de Cruz-Diez usted también, en quince fáciles años.

Perdónenme la tristeza, pero yo todavía creo que volvemos. No les diré qué es lo que tiene que cambiar, pues yo no lo sé ni me gusta ser determinista. Unos dicen que el país tiene que flotar a la deriva, despegarse y aterrizar en un invierno feroz. Otros que estalle la guerra, que se seque el petróleo con la bendición de un Dios que ha leído la teoría de las transiciones democráticas.

Quizás esta sea una tontería pequeño burguesa. Pero es mi historia y la de mis amigos. Se han ido todos en avión, no han tenido que lacerarse los pies en el desierto. No es nada. Nos acercamos, dicen algunos, al millón quinientos mil, quién sabe si a los dos millones antes de que el dos mil baile sus quince años. Los llaman cerebros, los llaman una inversión perdida, nuestro gran fracaso colectivo, su victoria íntima. No sé si son valientes o están locos, pero sé que ya se fueron, aun si no se han ido.