domingo, 8 de marzo de 2015

Goodbye Caracas - Manuela Zarate

En estos momentos alguno de ustedes está haciendo un inventario mental de sus posesiones, talentos y posibilidades. Alguno está llamando a una embajada, un primo o un conocido que tiene varios años con una arepera, un restaurante, una bomba de gasolina, una distribuidora o algo que se le parezca. Alguno está en plena entrevista, en plena negociación, en plena búsqueda. Alguno está con trámites, documentos. Alguno organiza una venta, busca a un señor que vende carros y habla con un corredor inmobiliario. Alguno se sienta y vuelve a revisar la tabla de Excel y saca cuentas, tantos meses, tantos gastos, lujos menos, tantas limitaciones, otras libertades. Alguno saca también la cuenta emocional, pero esa pesa menos frente a lo que vivimos. O tal vez eso se dice, para no sufrir tanto. Alguno escucha una historia, o vive algo, mira una cara, siente una explosión de adrenalina, y se convence, si es que ya no lo estaba.
 
En este momento alguno de ustedes planea o ejecuta la emigración.
 
En estos momentos alguien los escucha o los lee. Cuelga el teléfono o apaga una pantalla. Mira su cuarto, su oficina, ¿qué harías con esos arbolitos de madera? No te cabría todo en las cajas. Recibe una llamada de su mamá y piensa, menos mal que mis viejos no se han ido. Igual uno se siente solo. Porque del colegio sólo quedan dos, de la universidad no queda ninguno, al menos no de los más cercanos, porque el vigilante del edificio sacó a su familia a Colombia, porque alguien en el trabajo renunció, porque en salón de los niños este año no regresan todos, porque aquella maestra que soñábamos con que le diera clases a nuestros hijos también ahora escribe desde Canadá.
 
En estos momentos alguien recuerda que olvidó el cumpleaños de un ser querido que está lejos. En estos momentos alguien recuerda que no ha llamado a fulano que está a siete mil kilómetros, quedamos en hablar por Skype, pero cuando yo puedo él no está, cuando él puede yo estoy con todo ardiendo. Lo que me pasa no lo puedo contar por Whats App. Y siento la distancia. Me muerde. Me pesa. Y no quiero hablar. ¿Para qué? Es demasiado vasto lo que la voz tiene que recorrer. Es mentira que se siente como si estuvieras aquí mismo. Es mentira. Ahora al menos, no. Ahora lo quiero todo. La presencia y el contacto y mira que yo no soy de estarme pegando a la gente que quiero.
 
No hay cómo describirlo. Uno siente que perdió una parte de sí mismo. La vida que se queda atorada en algún momento, como esa vez que te apareciste en el velorio del papá de ese amigo con quien no hablabas tanto, pero visto el obituario y en nombre de eso que fuiste te  presentaste, y no sabes qué te pasó, ni que habrán pensado los tíos lejanos que te creías, pero se te aguaron los ojos y tuvieste que enjuagártelos cuando lo abrazaste. Porque nos ponemos viejos, y te diste cuenta de que los más cercanos estaban en Panamá, o en República Dominicana y él te contó lo surreal de un grupo que se llama Papá de X, sabes para saber cómo estoy, acompañarme, es raro, pero es una forma.
 
¿Y qué pasa con lo demás? Las partidas de poker. Los almuerzos de los viernes, ese que llaman el almuerzo adeco porque dura horas e incluye alcohol.  Esa primera comunión a la que fuiste a cumplir, pero donde al menos sabías que habría una cara conocida. Alguien a quien decirle, yo no conozco a nadie aquí. Las tardes en casa de esa amiga. Los niños jugando, aquel chiste. Por enésima vez el mismo chiste. Una risa fácil, sin importancia, una duda sobre la vida, sobre la maternidad, sobre la pareja, sobre uno mismo. Un empuje a hacer dieta o esa amiga que siempre trae una tentación para hacernos engordar. Los clubes de lectura, las recetas improvisadas, los datos sobre dónde comprar ese quesito, las molestias ocasionales, los desencuentros temporales, las torcidas de ojo, las reuniones improvisadas, las borracheras, lo bailado, lo reído, la forma tan fácil como los amigos se ríen de nosotros y nos invitan a reírnos de nosotros mismos. Esa caricatura que hacen de uno, que te sirve como espejo para no tomarte tan en serio.
 
Ese saber que  no estás sólo. 

De pronto eso ya no está. Ha cambiado y ha mutado. Porque quienes le daban vida se han ido. El teléfono no suena para lo mismo. La agenda está como la calle, vacía a partir de cierta hora.   Ves el directorio de teléfono sin saber  qué nombre apoyar, ni qué decir. ¿Es que fulano sabrá que si yo no llamo no es que no lo quiero, es que yo soy así? Porque sabes que varias fronteras más allá hay alguien que entiende perfecto que tu distancia no es tu desdén.
Lo que más me duele es sentirme en este lugar cada vez más desierto.

Así que les pido, a todos ustedes, a mis amigos, a mi familia, si se van, vamos a jugar a GoodBye Lenin: Goodbye Caracas. Me van a decir que lo están pensando pero que no se han decidido. Me van a decir que celebre mi cumpleaños, cuando llegue me dirán que no fueron porque les dio dolor de barriga. Me escribirán para decirme que en tal mercado hay leche, no importa, cuando yo llegué tal vez no haya, pero le echaremos la culpa al gobierno. Me dirán que hace calor o que qué bello el Ávila hoy, porque en Caracas todo eso es verdad en algún momento del día.
 
Me dirán que el periódico no dice nada. Que no pudieron irme a visitar por el tráfico. Que almorzamos la semana que viene. Que en estos días salimos a cenar. Me dirán que están viendo a dónde se van de vacaciones, pero que está duro conseguir pasajes. Me dirán que les encantaría estar en mi club de lecturas, pero que les queda lejos, igual me contarán del libro. Hablaremos vía Twitter, vía Facebook, vía Instagram como si estuviéramos aquí. Yo les pido monten toda la parafernalia de que no se han ido. Pídanle a alguien que prenda las luces de su casa, al menos de vez en cuando, y si yo paso por ahí les voy a escribir. Aquí estoy, no subas tengo un gripón. Con eso yo me alejo. Cuéntenme un chisme, como si estuvieran aquí, y díganme sí, que lo vieron con sus propios ojos. La gente dice mentiras todos los días, esas no salen tan caras. En serio que no. Díganme que planean una fiesta, que luego se cayó por cualquier cosa y de nuevo le echaremos la culpa al gobierno.

Vamos a jugar a Goodbye Caracas. Tarde o temprano tocará ver la estatua del pasado caído volando por la ventana. Pero por ahora necesito que sea más tarde, este tsunami de adioses me está ahogando.
 

lunes, 23 de febrero de 2015

Paquetes

Todavía los aviones atraviesan el océano.

Todavía
los chocolates
las medicinas
los libros
las notas manuscritas
perfumadas
en sobres rosados
intentan transportar
corazones y afectos.


Todavía hay manos febriles aquí
haciendo origamis
y manos emocionadas allá
deshaciendo origamis.

Las manos se acarician en los llantos
empaquetados y desempaquetados.


No cabemos en las maletas.

No hay espacio en la tierra robada.

(Hablé de desmembramiento en otro poema,
esa sensación).


No hay remedio para esta orfandad de dos orillas,
salvo el amor.


Cinzia Ricciuti

martes, 6 de enero de 2015

Balada para el emigrante venezolano - Jesús Torrivilla

Estos últimos días me ronda la pregunta de si nuestra situación es tan difícil, tan arrecha, si son tan pocas las oportunidades y tan oscuro el presente como para que hayamos decidido que la respuesta a la crisis venezolana sea una sola: irnos del país. Lo digo porque día a día me quedo sin amigos. De esos que llamas a cualquier hora para verlos en la casa. No a los que te encuentras en una fiesta sino con los que vas. Con los que se cuenta la historia de tu vida.

Los veo arreglar sus cosas, armar cajas, regalar libros.

Empezando por mi hermano y, de ahí en adelante, pues todo el mundo, como en una versión invertida de Corman McCarty: No country for young men.

Los dejas ir.

Entiendes que el viaje ya ha ocurrido. Es, como dice mi amiga Patricia Anuel, el final de temporada, toca barrer con el casting, cambiar de locación, True detective. Vienen otras casas, otros desiertos, con suerte otros jardines.

Pasa que a la mayoría les va bien. Son de todas las profesiones, talentosísimos, además, porque son tus amigos. Los ves, los escuchas, y sientes que se han realizado de una forma que no les hubiese sido posible en Venezuela, donde nos contentamos cuando encontramos en la estantería algún cepillo de dientes moderno, por hablar solo de estupideces. Alquilan sus apartamentos, viajan en bicicletas, estudian lo que quieren, con otras posibilidades. Algunos están más solos, pero te preguntan siempre: “¿y cuándo vas a salir tú?”. Como si les escribieras, inmóvil, desde un pantano y ellos saludando, desde las copas de los árboles.

Empieza la extraña nostalgia digital. Fotos, de pronto alguna angustia, un mensaje privado. Empezamos a acumular un stream internacional de estaciones, fríos opuestos, corresponsalías sentimentales. Son muchos: los académicos, los turísticos, los hipsters, los introvertidos. Los que escriben como si estuviesen en una peña en la plaza Altamira. Tazas de café, bares insólitos, otoños. Amigos de otros tiempos, cuyas apariciones suman tristezas al lado azul de la nostalgia. Provoca no tenerlos allí, para escribirles con más frecuencia.

Yo sentía que mi espacio para nuevos afectos era poco, pero veo que tendrá que ser mayor. La amistad también es dependencia y la distancia se parece demasiado a la orfandad.
 
Los veo irse, organizar almuerzos, congelar proyectos, renunciar a sus trabajos y pensar en nuevos. Yo también lo he hecho. Da lo mismo, pienso, ya que todos se han ido, irse también. Sin ellos, esta no es la ciudad que conocimos. Por eso saludamos otras.

Arman sus dos maletas, es todo. Allí se llevan sus veinte años. Queda pensar, durante los próximos, en el afuera que los expulsó.

Dice Santiago Gamboa que nadie se hace (escritor) hasta que sale de casa, hasta que lee, hasta que viaja. Lo estoy parafraseando. Pero así parece desde Caracas. Desde el país con la inflación más alta del mundo y las veinticinco mil muertes violentas al año. Nos pusimos de acuerdo y durante los últimos treinta nos dedicamos a resquebrajar nuestras casas a fuerza de machetazos. Vámonos.

Porque somos pobres, inclusive los que hemos crecido con privilegios. Los que hemos podido estudiar en universidades privadas y viajar. Pobres bienaventurados, como dice Alejandro Castro, porque nunca sabremos “que detrás de la montaña sigue el mundo, tal como lo conocemos”. Esa es, precisamente, la impresión que da cuando los panas aterrizan en otros aeropuertos. Que han llegado al mundo que se merecen.

Venezuela fue un simulacro, el breve privilegio de estar juntos.

Basta cambiar nuestros sueldos a una moneda extranjera para darnos cuenta de que no hemos hecho nada. De que podemos ser la nueva atracción del continente. La isla fosilizada en la que “un médico gana 50 dólares al mes”. Cambiamos barbas por bigotes, las aceras seguras de occidente por un eje del buen vivir. Tenemos el enorme privilegio de ser el idilio de una okupa berlinesa, un catalán enfurecido, un negro de Harlem con un sueño. Vendrán y dirán que los barrios están organizados, que la gente hace colas heroicamente para derrotar el consumo, camarada Lemebel, en este pedacito de cielo rojo. Verán nuestra ciudad en ruinas y dirán que sobre ella se construye un parque, que ellos podrán ver de regreso a casa en un betamax comprado en una feria vintage, libando vino de a euro.

Está bien albergar ese sueño. Son tiempos interesantes. Puede venir acá si pensaba que después del año ochenta y nueve no había más historia. Venga a ver cómo es que se moría de SIDA. Anótense en la lista para que les den cátedra de economía eterna. La plata nueva y la vieja se confunden en el ciclón del dinero venezolano. Venga, pruebe usted, qué se siente comprar dinero caro con dinero barato, vea obrar el milagro venezolano. Hágase una piscina con baldosas de Cruz-Diez usted también, en quince fáciles años.

Perdónenme la tristeza, pero yo todavía creo que volvemos. No les diré qué es lo que tiene que cambiar, pues yo no lo sé ni me gusta ser determinista. Unos dicen que el país tiene que flotar a la deriva, despegarse y aterrizar en un invierno feroz. Otros que estalle la guerra, que se seque el petróleo con la bendición de un Dios que ha leído la teoría de las transiciones democráticas.

Quizás esta sea una tontería pequeño burguesa. Pero es mi historia y la de mis amigos. Se han ido todos en avión, no han tenido que lacerarse los pies en el desierto. No es nada. Nos acercamos, dicen algunos, al millón quinientos mil, quién sabe si a los dos millones antes de que el dos mil baile sus quince años. Los llaman cerebros, los llaman una inversión perdida, nuestro gran fracaso colectivo, su victoria íntima. No sé si son valientes o están locos, pero sé que ya se fueron, aun si no se han ido.
 

martes, 18 de noviembre de 2014

Bitácora de mi salida del país. Las razones - Marialejandra Chuy

Damos la bienvenida a la Abogado Marialejandra Chuy a nuestro espacio "Venezolanos en el exterior", quien nos da a conocer los motivos que la impulsaron a emigrar de Venezuela.
 
 
«...Haré todo lo que esté a mi alcance para despertar las conciencias y llevar lo que pasa en Venezuela fuera de nuestras fronteras»
 
 
Aterricé en la realidad el pasado febrero de 2014. Desde los 7 años creí en la fuerza de las voces que se alzan para luchar por los derechos fundamentales de quienes atentan contra ellos. Fui a la universidad convencida de que la Constitución y la ley eran lo suficientemente fuertes como para impedir los abusos y que ante ellos, siempre estaría yo allí de pie para defender a los débiles jurídicos. El primer regalo de mi padre al empezar mis estudios fue «El Alma de la Toga» de Angel Osorio y con él vi por vez primera la diferencia ente el Abogado y el Licenciado en Derecho que no entendí del todo, porque finalmente en mi país al graduarte en Derecho el título recibido es de “Abogado” y no de “Licenciado”. Pasaron años de estudiar el deber ser y, a medida que avanzaba en el estudio de mi carrera profesional, más me percataba de la gran brecha que existe entre el deber ser y el ser. Estando en mi tercer año de carrera decidí que era hora de encaminarme hacia lo profesional, y conseguí mi primer trabajo en el Tribunal Superior Sexto de lo Contencioso Tributario. Coincidieron entonces mis estudios de Finanzas Públicas con mi trabajo en el Tribunal y empecé a vislumbrar entonces la diferencia entre ser “Licenciado en Derecho” y ser “Abogado”; Angel Osorio tenía razón, sí que hay una gran distinción entre ellos.
Las noticias en los periódicos y en los canales de televisión avisaban de una crisis política que atentaba contra la seguridad jurídica, la economía y otros muchos aspectos que envuelven a la sociedad venezolana y entonces empezó mi interés particular en la política, asistí a las marchas estudiantiles que reclamaban al gobierno el respeto a los derechos particulares, pero siempre me mantuve al margen, nunca involucrándome demasiado. Sucedió lo inevitable, me gradué y comencé mis estudios de posgrado en Derecho Administrativo: todos mis pensamientos acerca de “mantener mis opiniones al margen” convulsionaron luego de ver clases con catedráticos como José Ignacio Hernández, Gustavo Grau, Luis Alfonso Herrera, entre otros. Escuchar a un Administrativista afirmar que el Derecho Administrativo no existe en Venezuela revolucionó todas mis ideas silentes; de manera que empecé a levantar la voz y a opinar con relación a las políticas adoptadas por el gobierno venezolano liderado en ese momento por el fallecido Hugo Chávez.

Llegar a la Alcaldía del Municipio Chacao me abrió las puertas a nuevas labores sociales y especialmente me abrió camino a un ambiente libre, donde se podía opinar abiertamente y donde se debatían las posiciones y las ideas productivamente. Esto me dio nuevas esperanzas: me hizo pensar o sentir –quizás utópicamente- que todavía había posibilidades de cambio, de rescatar al país del abismo donde se hundía cada vez más rápidamente. Tanta gente pensando lo mismo que yo sólo podía significar que el cambio llegaría. No fue así, los últimos comicios electorales acabaron con la fe de muchos en nuestro sistema electoral y especialmente en nuestro futuro como país: empecé a ver cómo toda la gente inteligente, capaz, profesional, con ansías de crecimiento y desarrollo, renunciaban y con maletas en manos emprendían un último viaje a Maiquetía para huir del país. Aún me pregunto si los volveré a ver. Yo continué unos meses más aferrada a la idea de que Venezuela despertaría más temprano que tarde y empezaríamos a reconstruir el país que nos destruyeron como con alevosía.

Pasó el primer año de mandato del nuevo presidente Nicolás Maduro y las malas señales se hicieron más evidentes que nunca: un sueldo que no alcanzaba para cubrir lo mínimo elemental, hospitales sin insumos, farmacias sin medicinas, mercados sin comida básica, jóvenes profesionales sin oportunidades de hacerse de un hogar, índices delictivos en rojo, la libertad de expresión en decadencia y discursos presidenciales incitando más y más a la violencia. Y yo aun creyendo en mi pueblo, en que el cambio ya venía, de un modo u otro.

Pero entonces la realidad se estrelló contra mí y mis ideas de cambio se desmoronaron por completo:

En primer lugar, la inseguridad tocó a la puerta de mi casa tres días seguidos (nos robaron saliendo de la farmacia donde comprábamos medicinas para mi mamá y pasamos más de 6 horas en el CICPC poniendo la denuncia, casi un año después el caso no tiene respuesta; asaltaron y dispararon en el Centro Médico donde mi hermano y mi mamá se encontraban en consulta preoperatoria para mi mamá; y la noche siguiente a mi hermano lo quisieron asaltar –si, nuevamente- saliendo de la universidad).

En segundo lugar, leer la prensa en mi oficina se convirtió en una actividad de un par de minutos cuando las empresas se vieron obligadas a reducir los cuerpos de los periódicos por falta de papel, fui a Por Todos los Medios de Luis Chataing y a la última obra de Laureano Márquez y no pude parar de llorar durante ambas presentaciones, el humor es la pequeña herramienta qué aún queda en mi país para pintar la realidad que vivimos y pedir cambios, aun insisto en que esos monólogos deberían ser dados en la Asamblea Nacional; y el colmo de la libertad de prensa llegó cuando me percaté que sólo podía acudir a CNN o canales vía web para enterarme de los acontecimientos del país, dejamos que se nos desplomara la libertad de expresión.

Entonces aterricé en la realidad. Jamás olvidaré el pasado febrero de 2014, cuando estuve en la marcha convocada por Leopoldo López hacia el Ministerio Público. Aún me da escalofríos pensar en los mensajes de mi mamá acerca de las detonaciones en Parque Carabobo de las que se enteró gracias a los tweets de El Universal (en los canales de televisión no reportaban nada): yo estaba ahí, yo pude ser el Bassil DaCosta de ese día, yo vi a los motorizados armados ir y venir entre las filas de la GNB como si fuesen parte de la misma fuerza; todavía le agradezco a Dios haber cuidado de mi vida y de la vida de quienes me acompañaban ese día.

Entre las primeras manifestaciones llegó el 18 de febrero de 2014. Luego de pedir incesantemente que nos dejaran asistir a la nueva marcha convocada por Leopoldo López, nos dieron permiso en la oficina. Habíamos estado donde cayó muerto Bassil y sentíamos más que nunca que era momento de luchar. Teníamos esa idea de que el mundo entero tenía la vista puesta sobre Venezuela, sobre lo que teníamos para decir y las razones que nos llevaban a exigir un cambio. Además, el punto de salida de la marcha era en nuestro Municipio, a una cuadra de la Alcaldía, se sentía como un deber moral ir allí y ser parte de ese sentir nacional que te obliga a gritar que quieres que te respeten los derechos.

No lo voy a negar, desde temprano se sentía la tensión en el ambiente. Chacaíto amaneció acordonado por la Policía Nacional, las tanquetas de la Guardia y los motorizados estaban por todo el Municipio Chacao. La tensa calma indicaba que no sería un día normal. Desde ese día nada fue normal. Llegamos todos vestidos de blanco a la oficina, de alguna forma el blanco se volvió el color oficial para las marchas. Y luego de trabajar insaciablemente toda la mañana, a mediodía nos enrumbamos a la concentración de la oposición. Entonces pasó lo impensado: Ante lo que estos hechos podían desencadenar, Leopoldo López decidió entregarse a las autoridades. Todavía me pregunto cómo podría un hombre confiar en la justicia secuestrada por el Ejecutivo Nacional. Nos mandaron a volver a la oficina, era muy peligroso estar en la calle en opinión de mi entonces jefe. No existen palabras para describir lo que vimos ese día, lo que sentimos ese día. Cómo la ola de gente persiguió el vehículo donde se llevaban a Leopoldo y cómo esa porción del pueblo se solidarizaba y sufría con lo que estaba pasando. Para muchos esa aprehensión significó el final de la lucha, para otros significó que ésta estaba más viva que nunca.

Todo lo que vino desde ese día fue deprimente. El país caía a pedazos y la gente no aguantó más: empezaron meses de protestas incesantes. No eran sólo estudiantes. La cólera era masiva, desde niños hasta ancianos, pobres y ricos, todos tenían algo por lo cual alzar la voz. Y, si me preguntan a mí, nadie fue escuchado. Al contrario, vinieron las represiones, los arrestos, los muertos, las cadenas presidenciales que tapaban los momentos de mayor estallido de violencia, y el silencio mediático. La realidad nuevamente me golpeó de frente cuando viviendo en El Cafetal viví la violencia de los motorizados llamados “Colectivos”, vi los abusos de la Guardia Nacional Bolivariana destruyendo propiedad privada y fui víctima de los gases lacrimógenos. Dejé mi carro (que con tanto esfuerzo y sudor de 2 años de trabajo logré comprar) en Maracay, mi pueblo natal, en casa de mis padres, por miedo a que la Guardia Nacional lo destruyera como hizo con muchos otros y me acostumbré a la idea de andar en transporte público. Ante la inseguridad conté con gente maravillosa que me llevaba a casa por las noches luego de la jornada laboral, hasta que un día no pude regresar al trabajo. Casi una semana sin poder asistir a la Alcaldía a causa de las protestas que exigían mejorar nuestro sistema, válidamente desde mi punto de vista.

Intenté ayudar a los estudiantes detenidos y la respuesta fue una sola de parte de las autoridades: intentar defenderles legalmente suponía ir detenida también. La represión y la violencia fueron física para ellos y psicológica para los que estando del lado de la ley intentaban ayudar: No hay records de ello. Me di cuenta entonces que no habría fuerza legal, nacional ni internacional, que ayudara a Venezuela y, con una creciente violencia e intolerancia de parte de nuestras autoridades, además del constante temor a ser detenido o lastimado sin razón, llegó el momento de partir.

Hice todos mis trámites para estudiar fuera del país, quizás confiando aún en que para cuando finalizara mis estudios, el país estaría en vías de reconstrucción y yo podría volver sin miedos ni amenazas.

No renuncié al trabajo que amé por dos años y medio sino hasta último momento, no pude finalizar mis dos especializaciones de posgrado, y me despedí de mis amigos y de la capital de mi país a la que le agradezco mi educación universitaria y mis logros personales y profesionales. No podré olvidar jamás todo lo que sentí al manejar la ARC por última vez de regreso a la ciudad donde mis padres me vieron crecer. Dejé para el último momento hacer las maletas. Finalmente, estando todo listo, me despedí de mi mascota; él sabía desde temprano que algo pasaba, que tantas maletas y ropa significaban algo y podría jurar que sentí su tristeza cuando lamió las lágrimas que salieron de mis ojos al decirle adiós (aún no sé si tendré oportunidad de volver a abrazarlo). Llegamos al famoso pasillo de Maiquetía la madrugada del 6 de julio de 2014. Mi mamá, mi hermano menor, su novia, mi segunda madre Mafer, la familia de Jorge y mi primer amor universitario: todos estuvieron allí para decirme adiós. En palabras de Rayma, la gestión de gobierno llegó a mí también y me obligó a salir del país que me vio nacer. Todavía puedo sentir el último abrazo de mi familia; espero que Dios me dé la dicha de verlos nuevamente en nuevos horizontes.

Hoy, tengo casi 4 meses fuera del país viviendo con las uñas. Desde mayo de 2014 estoy esperando la aprobación de mis divisas estudiantiles por parte del hoy CENCOEX; mi vuelo de regreso a Venezuela fue cancelado por la aerolínea debido a la deuda que el gobierno venezolano mantiene con la misma; al no tener trabajo en Venezuela ni siquiera es pensable acceder al mercado negro para adquirir dólares y mi visa estudiantil no me permite trabajar para costear mis gastos. Más sorprendente aún, esa sensación de que Venezuela está en la mira del mundo es solo eso, una sensación; me ha sorprendido tremendamente cómo los ciudadanos de a pie del mundo entero desconocen por completo lo que vivimos los venezolanos en nuestro país.
 
Aun así, siento que Dios ha estado de mi lado desde el principio: he contado con el apoyo de personas maravillosas que me han ayudado (ustedes saben quiénes son), la institución donde estudio se ha visto solidaria conmigo con relación al pago de mis estudios y hasta la señora donde vivo me ha ayudado en todo lo que ha podido. Ahora más que nunca, por mi futuro y el de mi familia es necesario seguir adelante y así sea a distancia considero un deber moral alzar la voz al mundo para decir que es suficiente de desmoronar el país como lo están haciendo. Yo haré todo lo que esté a mi alcance para despertar las conciencias y llevar lo que pasa en Venezuela fuera de nuestras fronteras. Me gradué de Abogado (y no soy una sencilla Licenciada en Derecho) y mis principios me acompañan a dónde sea que vaya, de manera que pediré y reclamaré justicia desde donde esté por los medios que consiga para hacerlo. Dios bendiga a Venezuela y que como el Fénix, nos permita resurgir de nuestras cenizas cuando todo haya acabado.-