domingo, 21 de junio de 2015

El exilio desde adentro - Mariana Goudeth

Continuamos con la labor de publicar en nuestro blog el sentimiento que une a una gran cantidad de venezolanos que manifiestan sus inquietudes y apreciaciones con respecto al fenómeno migratorio actual. Y es así como en el 2015, re-inauguramos esta sección con el testimonio de Mariana Goudeth.
 
 
«Pasamos de ser un país receptor de extranjeros a ser un país del que la mayoría quiere huir».
 
 
Nombre:  Mariana Goudeth
Edad: 27
Profesión: Contador público
Nivel de estudios: Universitario
Lugar de nacimiento: Puerto Ordaz
País de residencia: Venezuela
 
¿Qué opinas acerca del fenómeno migratorio en Venezuela? 
Nos han hecho mucho daño y estas son las consecuencias. Pasamos de ser un país receptor de extranjeros a ser un país del que la mayoría quiere huir. Es deprimente el deterioro hasta de la belleza natural. Venezuela es un país descuidado y maltratado que ya no puede más y su gente lo sabe; por lo tanto, si queremos tener una vida normal tenemos que aterrizar nuestros sueños en otras latitudes, dolor de por medio.

¿Consideras que es beneficioso o perjudicial para el país?
Sin duda alguna, perjudicial. No sé si algún día Venezuela volverá a ser la de antes. Hemos pasado por tanto, todos los días sucede algo que nos golpea directo a las ganas de seguir luchando y el futuro está quedando en manos de jóvenes que tienen la edad de este proceso que nos ha llevado a la destrucción y que no conocen nada más que lo que estamos viviendo.  Entonces, ¿qué nos espera?

Durante los últimos 16 años, ¿has tenido que despedir a familiares y/o amigos que se han marchado de Venezuela?
Sí, la mayoría entre el año pasado y lo que va de este.

¿Mantienes el contacto con ellos? ¿Qué opinas acerca de su decisión de emigrar?
Afortunadamente, puedo mantener contacto diario con ellos gracias a las redes sociales. Con respecto a su decisión de emigrar, creo que fue lo mejor que pudieron haber hecho. Aunque duela.

¿Cómo está siendo la experiencia de vivir en Venezuela cuando una parte importante de la juventud desea irse del país?
Es frustrante. No se pueden hacer planes porque nada es fácil. Con cada paso que das, exigen tanto o más que
los hechizos de las brujas de cuentos: pelo de rana, sangre de unicornio, piel de elefante rosado... Requisitos absurdos sólo para trabar tus trámites y hasta tu vida diaria. La inseguridad en el país da pánico, sales a trabajar en la mañana sin saber si vuelves. La inflación, la escasez... ¿Qué ganas va a tener un joven recién graduado de trabajar para jamás tener la oportunidad de comprarse una casa o un carro? ¿Qué metas va a cumplir? ¿Quién quiere pasar su vida haciendo colas por un paquete de harina? ¿O con la famosa premisa “como vaya viniendo, vamos viendo”? Vivir en Venezuela es vivir en constante estrés.

¿Te plantearías irte de Venezuela?
Ya lo hice y actualmente me encuentro en los benditos trámites.

¿Crees que la idea de emigrar y elaborar un plan migratorio resulta fácil encontrándote en Venezuela?
¡Qué va! Me ha costado una y parte de la otra. Por ejemplo, conseguir el pasaje a un precio que no me quiero ni acordar, la cita para legalizar los documentos, vender mis cosas y el Cadivi (Sistema de adquisición de divisas). No es fácil, hay que ser muy fuerte tanto para quedarse como para irse.

¿Vives con cierta frustración la actual situación venezolana? ¿Sientes impotencia y ganas de hacer algo por el país?
Totalmente impotente. Por el país no sé si queda algo por hacer. Y si queda, a mí no me quedan ganas.

¿Hubieses pensado verte en esta situación hace algunos años?
No. Me sorprendió porque yo vivía más o menos bien y de repente esa situación cambió. 

Por último, un mensaje dirigido a los venezolanos que han emigrado:
Recuerden por qué tomaron esta decisión, si llegaron hasta sus respectivos destinos, no hay nada que no puedan hacer, excepto volver.-

viernes, 12 de junio de 2015

[El exilio desde adentro] El país en ninguna parte. La cicatriz del gentilicio - Aglaia Berlutti

Hace unos días, un amigo chileno me envió una fotografía de su fiesta de cumpleaños: sentado en el suelo de su nuevo apartamento en Santiago de Chile, sonreía, rodeado de una silla vacía y una mesa. La imagen me desconcertó. Hace seis meses emigró desde Venezuela y esta es la primera fecha familiar que pasará a solas. Me pregunté si eso era lo que quería mostrarme con la imagen o si se trataba de alguna metáfora más profunda.
 
— Es un poco Tierra arrasada — le comenté, incómoda. Sacudió la cabeza desde la pequeña pantalla del Skype. — Es el mejor día de mi vida. — ¿Por qué? — ¿Ves todas esas cosas allí? — le mostró la fotografía a la web cam. La había impreso y puesto en un pequeño autorretrato de metal — son fruto de mi trabajo. Lo logré en seis meses. Son mías. Ninguna ley vendrá a confiscármelas, expropiármelas. Ningún malandro vendrá a robármelas. Ningún resentido me insultará por tenerlas. Son mis cosas, ganadas con mi esfuerzo. Eso celebro.
 
Silencio. Conozco bien la historia de mi amigo: hace dos años, la empresa donde trabajaba fue expropiada por “interés mayor” del Gobierno Venezolano. Catorce meses después, fue asaltado y golpeado por dos desconocidos que robaron su portátil, teléfono y también su automóvil. Un mes antes de irse, una de sus vecinas, una ferviente militante chavista, le llamó “hijo de burgueses” en medio de una discusión corriente sobre gastos comunitarios y le arrojó agua caliente en la cara. Al día siguiente, cuando fui a visitarle, preocupada por su salud, me habló por primera vez de sus viajes de emigración. Hasta entonces, mi amigo había confiado — a medias y con cierta preocupación — en una posible mejoría de la situación política y económica del país. Pero esa tarde, con el rostro hinchado y una ampolla de aspecto doloroso en la mejilla derecha, dejó de hacerlo.
 
— ¿Pero a donde vas a ir? — le pregunté. Se encogió de hombros. — A un país normal.
 
Mi amigo dejó atrás un oferta de trabajo cuantiosa, sus padres e incluso a su novia de cuatro años, que decidió no acompañarle a la aventura. Llegó a Chile sólo con el titulo Universitario bajo el brazo, unos pocos ahorros y la promesa de amabilidad y solidaridad de unos cuantos compatriotas. Las primeras semanas, durmió en el sofá de uno de ellos y comió sólo dos veces al día — “hay que ahorrar” me comentó en nuestras breves conversaciones por entonces — y usó la misma ropa varias veces a la semana. Dos meses después, logró obtener una vacante en una pequeña oficina de la ciudad de Santiago. Cinco meses después, pudo mudarse a un apartamento propio.
 
— Comprar una silla y una mesa, no se te olvide eso cuando escribas sobre mi historia — me comenta entre risas. Se le ve más delgado, mucho más adulto pero sobre todo, un hombre que recuperó la autoestima, la confianza en su capacidad para trabajar y creer en el futuro. No sé como responder a eso sin sentirme emotiva, frustrada, asustada, descorazonada. De pronto descubro que la vida en Venezuela, está muy lejos de esas pequeñas satisfacciones, de esas celebraciones cotidianas que dejaron de formar parte de lo corriente casi una década atrás.
 
A veces pienso que los Venezolanos que actualmente rozamos la treintena, somos la última generación que aspiró al futuro en el país. Fuimos quizás, los últimos que asumimos a Venezuela como una posibilidad a construir. Que pensamos en ahorros, en bienes y propiedades como elementos concretos de nuestras aspiraciones personales. Es un pensamiento que te hiere, que te deja a mitad de camino entre el temor y algo más amargo. Y es que cuando comprendes que gradualmente perdiste la capacidad para la esperanza, que el país donde naciste te la arrebató casi por completo, comienzas a cuestionarte sobre cómo sostener el gentilicio como bandera. Como idea esencial de ti mismo. Incluso como reflejo de lo que deseas y sueñas.
 
Unos días más tarde le comenté a Paula (no es su nombre real) sobre la anécdota de mi amigo Chileno. Le hablé sobre la sensación de desarraigo que me produjo la conversación y sobre todo, la profunda tristeza de asumir que la situación Venezolana aplasta cualquiera de mis aspiraciones o al menos, la manera como las comprendo e intento construirlas. Paula es psiquiatra y durante los últimos meses, dedicó buena parte de su tiempo al análisis sobre el efecto emocional que provoca la oleada de emigraciones en la psiquis Venezolana. Un tema confuso, complejo y que sobre todo, es imposible cuantificar de inmediato. Tal pareciera que el dolor de la pérdida, el duelo y el apego están creando una herida nueva en el rostro de un país castigado por la desazón.
 
— Es normal que sólo entiendas el nivel de anormalidad de lo que se vive en Venezuela una vez que entras en comparaciones con otros lugares del mundo — me explica — el fenómeno que ocurre en Venezuela de normalización de la crisis suele ocurrir en momento muy álgidos en la historia de las sociedades y países. En el caso Venezolano, atravesamos una situación que se ha hecho progresivamente más dura e insoportable. Más cruda. Y nos hemos acostumbrado a ella en la misma medida. Soportamos cosas que antes nos parecían impensables. Y seguramente, seguiremos haciéndolo.
 
Tiene razón: durante los últimos quince años, la crisis no sólo se ha convertido en un espiral cada vez más intricando sino que además, ha hecho que la mayoría de los Venezolanos, asumamos que resistir es una manera de conservar cierta cuota de normalidad. Desde las restricciones de horario y movimiento fruto de la inseguridad hasta la escasez, la crisis se ha convertido en un estilo de vida, en una manera de elaborar ideas sobre nuestro cotidiano y la forma como asumimos el miedo. Poco a poco, asumimos la anormalidad como una estructura comprensible, nos amoldamos a ella, la matizamos con justificaciones y excusas. Nos resignamos quizás a lo inevitable del deterioro.
 
Mi amiga J. lo descubrió hace unos meses durante un viaje familiar a Canadá. Me cuenta que le sorprendía lo cotidiano, esa línea de lo común que en otros países se sostiene sobre el bienestar y la tranquilidad de los ciudadanos. Situaciones comunes como comprar en supermercados, caminar a altas horas de la noche, comprar un teléfono celular, le desconcertaron por el mero hecho de haberse hecho inaccesibles en Venezuela. Pero sobre todo, porque de alguna manera, llegó a asumir que ya no formaban parte de su día a día. El pensamiento la lastimó como pocas cosas lo habían hecho en quince años de crisis política progresiva.
 
— ¿Sabes las fotos de Venezolanos en Supermercados? — me dijo después — me reí mucho de ellas, después me molestaron, por último me parecieron humillantes. Pero cuando te sorprende la prosperidad, la bonanza, cosas tan cotidianas, sabes que algo está ocurriendo. Que no se trata del país, se trata de ti mismo. Que lo asumiste, lo comprendiste como parte de tu vida. Eso es traumático.
 
Sin duda lo es. Paula, la psiquiatra, suele insistir que los cambios anímicos, psiquiátricos y emocionales del Venezolano están creando una generación mentalmente exhausta. Me habla sobre el hecho que la mayoría de los Venezolanos sufren de un cuadro clínico de estrés muy pernicioso. Desde la incapacidad para manejar la pérdida, el terror, el miedo, la incertidumbre hasta el hecho que simplemente, no pueden lidiar con la desesperanza.
 
— El Venezolano se acostumbró al terror, al miedo y al vivir al día. Eso te produce una especie de cuadro perpetuo de angustia insuperable. Nada está seguro para ti. Ni lo que tienes ahora o lo que tendrás. Una idea que resulta insoportable, abrumadora. Directamente desmoralizante y al final destructora. El obstáculo llega, lo superas. Lo minimizas. Lo incorporas a tu vida. — Es una especie de ciclo que no termina ¿entonces? — le pregunto. Paula suspira. — No sólo no termina. Se hace cada vez más complicado, complejo y duro.
 
Lo pienso, mientras mi amigo Chileno me habla del lento proceso de readaptación que vive en Chile. Usa esa palabra para definirlo, “readaptación”. Como si luego de sobrevivir por años a un conflicto que fue incapaz de comprender y atravesar, ahora atravesara el largo trayecto de recordar como aspirar a la normalidad. Me cuenta la sensación de sobresalto que aún le produce caminar por las calles una vez que anocheció, la sorpresa que le produce la variedad del abastecimiento en locales y establecimientos comerciales. La relativa calma y tranquilidad que forma parte de la vida cotidiana en la ciudad donde vive. Pero no se trata únicamente de lo cotidiano, sino de algo más complejo y profundo que solo advirtió una vez que comenzó a cuestionarse sobre lo que había vivido en Venezuela. Esa noción de comprenderse como un hombre útil y capaz, de asumir el valor de su trabajo y esfuerzo. E incluso, del mero hecho de considerarse libre.
 
— ¿Sabes lo que es saber que puedo hacer lo que quiera? ¿Decir lo que quiera? ¿Que la ley me ampara? ¿Que tengo los mismos derechos cualquiera sea mi pensamiento político? ¿Que de hecho NO tengo que opinar políticamente para nada? ¿Que puedo mirar a otra parte de mi vida sin tener que planteármela desde algún discurso ideológico, algún proceso político?
 
Sacude la cabeza desde la ventana del Skype. De pronto, parece preocupado, desconcertado. Pero después descubro que sólo se encuentra triste. Un tipo de dolor profundo y sin nombre que yo conozco muy bien.
 
— Me botaron de mi país a patadas. Ni siquiera sabía como me había afectado eso hasta que simplemente lo asumí. A patadas, porque no pude soportar el caos, el todos los días insostenible. Esa angustia que no cesa nunca.
 
Lo vivo a diario. Hace diez años, incluso un poco menos, me habría resultado impensable hacer una fila durante horas para comprar productos de primera necesidad. O incluso, el mero hecho de resignarme a no llevar a cabo un viaje por el simple hecho de resultarme inalcanzable. Pero hablemos de cosas incluso más simples, nada que tenga que ver con el estatus económico o aspiraciones de motilidad social. Hablemos de comprar un libro, comer la comida que me gusta, llevar la ropa que quiero. Incluso algo tan intimo como ejercer mi profesión como lo deseo y la manera que quiero. Comprar equipo tecnológico que me permita madurar como fotógrafo. Acceder al tipo de educación que sueño para llegar al nivel de expresión artística que siempre soñé. Cualquiera de esas posibilidades no existen en Venezuela, no son viables. Están reñidas con esa lucha directa con la Pirámide de Maslow que me deja exhausta y desgastada luego de quince años de enfrentarme a ella.
 
Pero más aún, la situación está en todos los ámbitos, en todas las situaciones. Hace poco alguien en mi Facebook incluyó una fotografía de una comida campestre: una parrillada al aire libre. Había todo tipo de cortes de carne, de bebidas alcohólicas, pan, frutas. Había un grupo de adultos de mi edad reunidos alrededor del fogón riendo. Y de pronto, me pregunté cuándo era la última vez que yo había hecho algo semejante. Cuándo había podido disfrutar de una ocasión semejante, sin preocuparme por la serie de pequeñas implicaciones que supone en Venezuela una situación cotidiana. Sin preocuparme por la escasez, la austeridad, la posibilidad de la inseguridad, la violencia. De reír simplemente entre amigos, disfrutando de una buena comida. Así de simple. Así de limitadas son las opciones que vive las consecuencias de una guerra que jamás sucedió, que no llegó a ocurrir en realidad pero de las cuales vivimos las consecuencias.
 
Porque hablamos de incertidumbre, en un país donde no hay nada seguro. Ni mi futuro, ni mi integridad física, mis aspiraciones, esperanzas, lo que deseo lograr, lo que hago diario. Hablamos de una situación que te arrebata todas las opciones, que te obliga a renunciar a tantas cosas como en una lenta caída de pequeñas máscaras que hasta entonces no sabías que llevabas puestas. Una y otra vez se trata de renuncias, de pequeñas batallas perdidas. De pequeñas aspiraciones rotas que no logras recuperar ni calzar en ningún lugar.
 
— Yo me negué a seguir asustado por lo que pudiera ocurrir después — me dice mi amigo en voz baja — quizás eso me haga un cobarde, un apátrida o simplemente, alguien que no maneja las mismas opciones de la mayoría. No pude más con Venezuela, no pude continuar justificándola. No pude continuar creyendo que podía renacer de sus cenizas.
 
Sacudo la cabeza, no sé que responder. Aprieto los labios mirando por la ventana de mi estudio. No es la primera vez que escucho esas palabras. Es una de las tantas frases sueltas que describen una situación insostenible. De las miles de formas que adopta la crisis económica, política e incluso social en Venezuela, de todos sus rostros. Porque ya no hablamos sobre el dolor de un país rojo, de la huida, de las puertas cerradas, de las limitadas opciones. Hablamos que Venezuela sólo es un recuerdo, una historia que se narra. Una idea que ya no existe. Un país arrasado.
 
Continúo pensando en eso unas horas después. Despierta, en la oscuridad, no puedo dormir. Y de pronto, tengo la sensación que la realidad de Venezuela está en todas partes, que me agobia incluso cuando no lo admito, cuando no lo acepto. Que simplemente también soy una víctima, soy otro de los tantos Venezolanos que comienzan a mirarse como una pieza rota sin un lugar donde encajar. Y me pregunto, hasta cuándo podré sobrevivir — así, llanamente, es lo que hago cada día — y si alguna vez, esa necesidad de sobrevivir dejará de ser suficiente.
 
C’est la vie.
 

sábado, 11 de abril de 2015

Desiato sobre amor y consumismo - Fragmento

Es un día normal. Reviso mi bandeja de entrada, repleta de correos electrónicos. La capacidad casi a rebosar (y mira que son 11GB). Me dispongo a curiosear una flechita que indica "Última página". Llevo años con mi cuenta de correo electrónico, así que me decido y reviso la última (¿o primera?) página de mi bandeja de entrada. Y he aquí el obsequio que la casualidad me dio. Un obsequio, nada más y nada menos que del 22 de marzo del año 2006 y que nos invita a extraviarnos (hablo como emigrante y a usted, también como emigrante o bien, testigo de la diáspora venezolana que hoy inquieta al país). Venga a conocer:

"Llegué a Venezuela en 1973 al puerto de La Guaira procedente de Italia. Me llevó allí el buque “Doninzetti”, ahora desarmado, tras trece días de travesía atlántica. Recuerdo con claridad que la noche en que nos acercamos a las costas venezolanas veía luces por doquier y el aire cálido, húmedo, oloroso, penetraba en mis pulmones con una sensación absolutamente nueva. El buque fondeó en las afueras del puerto y los pasajeros transcurrieron su última noche de viaje en el puente, asomados frente a esas luces que sugerían un alegre bullicio. Siempre surte cierto efecto mágico vislumbrar la tierra o sentir su cercanía tras tanto mar. La soledad de éste se halla sobrecogida por la presencia de otros seres humanos, libres de moverse por la tierra, no cercados por tanta agua y profundidad. Esa noche imaginé – como europeo – una costa similar a las que había conocido en mi temprana infancia en Italia. Creía que esas luces emanaban de cómodas residencias, casitas de playa, lugares de veraneo donde uno suele pasar unos días de descanso paseando a orillas del mar o en algún malecón. Imaginaba heladerías y cafés, orden, pulcritud, tranquilidad. Pasé una noche inquieta, emocionado como estaba por el inminente desembarque que me habría unido a mi padre.

La mañana siguiente la luz del sol me mostró algo que nunca había visto. Por aquel entonces tenía doce años y no tenía la costumbre de ver noticiarios. En todo caso, en Italia era poco lo que se sabía – o lo que un preadolescente podía saber – sobre la realidad social venezolana. Sólo se decía que era un país joven, rico, portador de esperanza, un país que le había dado cobijo, alimento y un futuro a millares de emigrantes europeos duramente probados por la experiencia de la segunda guerra mundial. Sabía que Venezuela tenía petróleo – mucho petróleo – y que iba a asegurar una vida más llena, más próspera, más hermosa de aquella que podía ofrecer una Italia que ya, gracias a la ayuda económica norteamericana, se estaba recuperando de la guerra, y que, sin embargo, en lo cultural, seguía siendo todavía muy provincial, replegada sobre sí misma y aún no plenamente reconciliada tras la aventura fascista, la caída de la Monarquía y la fuerte presencia de partidos de izquierdas que habían contribuido, conjuntamente con las tropas aliadas, a liberar el norte de la península y que miraban hacia Moscú todavía como quien mira un jefe, a pesar de los dolorosos hechos de Hungría y la ocupación de Checoslovaquia por parte de los tanques soviéticos.

Mi sorpresa fue muy grande cuando el sol caribeño, fuerte, implacable, me mostró un conjunto de casitas, apiñadas, construidas con ladrillos y techos de zinc, algunas pintadas, otras apenas unas chozas, sin poder ver dónde estaban las calles y avenidas que permitían circular entre tales moradas. ¿Adónde habían ido a parar las luces que, tal luciérnagas veraniegas, brillaban con intermitencia la noche anterior? Mi madre y mi abuelo me explicaron que esas casas se llamaban “ranchos” y que allí vivían los pobres. Yo había visto algún pobre mendigar por las calles de la ciudad dónde vivía, pero jamás había visto tanta pobreza junta y, si se quiere, expuesta. E inmediatamente, sin tener la menor conciencia de los problemas sociales y económicos que azotan el mundo, me pregunté cómo hacía esa gente para soportar eso. De forma todavía latente, me sorprendía que no se rebelaran, como había estudiado en los libros de texto de la escuela cuando me habían enseñado, en el nivel que corresponde a un niño, las revoluciones de la historia. Esta disciplina me había cautivado desde el comienzo y recordaba con claridad, algunas páginas relacionadas con la revuelta de Espartaco, el esclavo de los romanos que se rebeló contra la injusticia del mundo. La luz del día me hizo pensar que lo que presenciaba era injusto.

La palabra justicia es una de las primeras que se le enseñan a un niño. Te dicen que el mundo “debe ser justo”, que “hay que combatir las injusticias”, que “los hombres deben ser libres e iguales”, que “todos somos hijos de Dios”. Nada de lo que veía se correspondía a lo que me habían dicho. Entonces, desembarcamos. Había llegado a Venezuela.


***

Con el transcurrir de los años entendí que ese día sólo había puesto pie en suelo venezolano, pero que faltaba mucho para decir que “había llegado a Venezuela”. Para llegar de veras a un sitio, lo debemos comprender. Estar en un lugar, no significa simplemente ocupar un espacio físico y moverse entre su gente. El turismo enlatado nos ha hecho olvidar la realidad del viaje. El turista sabe cuándo llega, dónde va a estar, cuánto tiempo se va a quedar, qué va a ver y, sobre todo, conoce perfectamente el día y la hora del vuelo que lo traerá de vuelta a casa. Viajar significa, en cambio, perderse. No se trata de un extravío simple y llano, sino de perder lo que uno es para comprender el otro, lo que desconocemos, lo que no somos, sin considerarlo de inmediato como “lo otro”, es decir, lo que jamás conoceremos y seremos. No hay viaje sin la experiencia del conocimiento y bien puede decirse que conocer es una forma de viajar. Debe tratarse de un conocimiento que acepte perder sus categorías y ganar otras, un conocimiento que también se pierde a sí mismo porque ha aprendido a conocer de la forma en lo que lo hace quien te hospeda, quien te abre sus puertas y te dice: “Quédate todo el tiempo que desees”. Para conocer de esta forma no hay que tener miedo – yo lo tuve durante mucho tiempo – y hay que saber aceptar la generosidad del otro, lo que no siempre es fácil, porque el don del otro puede ser percibido como una invasión de lo que se es. Los occidentales han colonizado el mundo de muchas formas, con las armas, con la religión, pero también con sus regalos, fueran estos los espejitos que intercambiaban por oro, o cualquier tipo de tecnología, inclusive la médica. Han dado mucho, y recibido poco: han sido recelosos con los dones del otro, porque han tenido miedo. El día en que entendí eso, mi vida cambió. Pero eso forma parte de mi biografía, que podemos dar por concluida a efectos de nuestro texto, una vez que nos ha permitido establecer un primer punto: deseo llevarlos, con todos los que aquí escriben y que acompaño, a conocer a Venezuela para comprenderla desde la distancia analítica a la par que la cercanía afectiva, sin que la primera destruya la segunda y sin que esta última empañe la anterior".

Fragmento de "Desiato sobre amor y consumismo", Primera parte: En busca de la convivencia perdida.

domingo, 8 de marzo de 2015

Goodbye Caracas - Manuela Zarate

En estos momentos alguno de ustedes está haciendo un inventario mental de sus posesiones, talentos y posibilidades. Alguno está llamando a una embajada, un primo o un conocido que tiene varios años con una arepera, un restaurante, una bomba de gasolina, una distribuidora o algo que se le parezca. Alguno está en plena entrevista, en plena negociación, en plena búsqueda. Alguno está con trámites, documentos. Alguno organiza una venta, busca a un señor que vende carros y habla con un corredor inmobiliario. Alguno se sienta y vuelve a revisar la tabla de Excel y saca cuentas, tantos meses, tantos gastos, lujos menos, tantas limitaciones, otras libertades. Alguno saca también la cuenta emocional, pero esa pesa menos frente a lo que vivimos. O tal vez eso se dice, para no sufrir tanto. Alguno escucha una historia, o vive algo, mira una cara, siente una explosión de adrenalina, y se convence, si es que ya no lo estaba.
 
En este momento alguno de ustedes planea o ejecuta la emigración.
 
En estos momentos alguien los escucha o los lee. Cuelga el teléfono o apaga una pantalla. Mira su cuarto, su oficina, ¿qué harías con esos arbolitos de madera? No te cabría todo en las cajas. Recibe una llamada de su mamá y piensa, menos mal que mis viejos no se han ido. Igual uno se siente solo. Porque del colegio sólo quedan dos, de la universidad no queda ninguno, al menos no de los más cercanos, porque el vigilante del edificio sacó a su familia a Colombia, porque alguien en el trabajo renunció, porque en salón de los niños este año no regresan todos, porque aquella maestra que soñábamos con que le diera clases a nuestros hijos también ahora escribe desde Canadá.
 
En estos momentos alguien recuerda que olvidó el cumpleaños de un ser querido que está lejos. En estos momentos alguien recuerda que no ha llamado a fulano que está a siete mil kilómetros, quedamos en hablar por Skype, pero cuando yo puedo él no está, cuando él puede yo estoy con todo ardiendo. Lo que me pasa no lo puedo contar por Whats App. Y siento la distancia. Me muerde. Me pesa. Y no quiero hablar. ¿Para qué? Es demasiado vasto lo que la voz tiene que recorrer. Es mentira que se siente como si estuvieras aquí mismo. Es mentira. Ahora al menos, no. Ahora lo quiero todo. La presencia y el contacto y mira que yo no soy de estarme pegando a la gente que quiero.
 
No hay cómo describirlo. Uno siente que perdió una parte de sí mismo. La vida que se queda atorada en algún momento, como esa vez que te apareciste en el velorio del papá de ese amigo con quien no hablabas tanto, pero visto el obituario y en nombre de eso que fuiste te  presentaste, y no sabes qué te pasó, ni que habrán pensado los tíos lejanos que te creías, pero se te aguaron los ojos y tuvieste que enjuagártelos cuando lo abrazaste. Porque nos ponemos viejos, y te diste cuenta de que los más cercanos estaban en Panamá, o en República Dominicana y él te contó lo surreal de un grupo que se llama Papá de X, sabes para saber cómo estoy, acompañarme, es raro, pero es una forma.
 
¿Y qué pasa con lo demás? Las partidas de poker. Los almuerzos de los viernes, ese que llaman el almuerzo adeco porque dura horas e incluye alcohol.  Esa primera comunión a la que fuiste a cumplir, pero donde al menos sabías que habría una cara conocida. Alguien a quien decirle, yo no conozco a nadie aquí. Las tardes en casa de esa amiga. Los niños jugando, aquel chiste. Por enésima vez el mismo chiste. Una risa fácil, sin importancia, una duda sobre la vida, sobre la maternidad, sobre la pareja, sobre uno mismo. Un empuje a hacer dieta o esa amiga que siempre trae una tentación para hacernos engordar. Los clubes de lectura, las recetas improvisadas, los datos sobre dónde comprar ese quesito, las molestias ocasionales, los desencuentros temporales, las torcidas de ojo, las reuniones improvisadas, las borracheras, lo bailado, lo reído, la forma tan fácil como los amigos se ríen de nosotros y nos invitan a reírnos de nosotros mismos. Esa caricatura que hacen de uno, que te sirve como espejo para no tomarte tan en serio.
 
Ese saber que  no estás sólo. 

De pronto eso ya no está. Ha cambiado y ha mutado. Porque quienes le daban vida se han ido. El teléfono no suena para lo mismo. La agenda está como la calle, vacía a partir de cierta hora.   Ves el directorio de teléfono sin saber  qué nombre apoyar, ni qué decir. ¿Es que fulano sabrá que si yo no llamo no es que no lo quiero, es que yo soy así? Porque sabes que varias fronteras más allá hay alguien que entiende perfecto que tu distancia no es tu desdén.
Lo que más me duele es sentirme en este lugar cada vez más desierto.

Así que les pido, a todos ustedes, a mis amigos, a mi familia, si se van, vamos a jugar a GoodBye Lenin: Goodbye Caracas. Me van a decir que lo están pensando pero que no se han decidido. Me van a decir que celebre mi cumpleaños, cuando llegue me dirán que no fueron porque les dio dolor de barriga. Me escribirán para decirme que en tal mercado hay leche, no importa, cuando yo llegué tal vez no haya, pero le echaremos la culpa al gobierno. Me dirán que hace calor o que qué bello el Ávila hoy, porque en Caracas todo eso es verdad en algún momento del día.
 
Me dirán que el periódico no dice nada. Que no pudieron irme a visitar por el tráfico. Que almorzamos la semana que viene. Que en estos días salimos a cenar. Me dirán que están viendo a dónde se van de vacaciones, pero que está duro conseguir pasajes. Me dirán que les encantaría estar en mi club de lecturas, pero que les queda lejos, igual me contarán del libro. Hablaremos vía Twitter, vía Facebook, vía Instagram como si estuviéramos aquí. Yo les pido monten toda la parafernalia de que no se han ido. Pídanle a alguien que prenda las luces de su casa, al menos de vez en cuando, y si yo paso por ahí les voy a escribir. Aquí estoy, no subas tengo un gripón. Con eso yo me alejo. Cuéntenme un chisme, como si estuvieran aquí, y díganme sí, que lo vieron con sus propios ojos. La gente dice mentiras todos los días, esas no salen tan caras. En serio que no. Díganme que planean una fiesta, que luego se cayó por cualquier cosa y de nuevo le echaremos la culpa al gobierno.

Vamos a jugar a Goodbye Caracas. Tarde o temprano tocará ver la estatua del pasado caído volando por la ventana. Pero por ahora necesito que sea más tarde, este tsunami de adioses me está ahogando.